Hoja Parroquial

Domingo 33 – C | Vivir en tiempos difíciles | 17 de noviembre del 2019

Vivir en tiempos difíciles

Jesús anuncia tiempos difíciles y, además, anuncia tres situaciones nada fáciles.

En primer lugar, no faltarán quienes traten de engañarnos con falsas promesas. Incluso tratando en engañarnos presentándose como el verdadero de Jesús. Nunca han faltado esos falsos profetas de la verdad que han arrastrado tras de sí cantidad de gentes.

Querer asumir la figura de Jesús y tratar de convencernos que ellos son la verdad y como si Jesús se encarnase en ellos, es una de las grandes tentaciones por las que todos pasamos. Aquí es preciso estar atentos. Solo Él es la verdad. Cuantos quieran revestirse de hablar en nombre de Él, siempre serán un peligro. Peligro para quienes se atribuyen la representación de Jesús y para quienes inocentemente tratan de seguirle.

A veces no se atreven a decir que ellos son Jesús, pero son muchos los que sí se atreven a decir que “Jesús les ha revelado la verdad”. Sólo así se explica esa proliferación de Sectas que pululan por todas partes. Solo ellos tienen la verdad. Solo ellos son la verdadera Iglesia y el verdadero camino.

Son muchos los que abandonan la Iglesia porque “fulanito ha tenido una especial revelación y solo ellos son el verdadero camino”. Puede que, en parte, lo hagan porque la Iglesia no ha sabido presentar al verdadero Jesús ni ha sabido testimoniar el verdadero Evangelio. Y aquí somos muchos los responsables, porque nuestras vidas tienen poco de Evangelio; sin embargo, lo anunciamos como la verdad y hasta somos intransigentes con quienes no lo conocen o lo viven a medica caña.

Por eso Jesús es claro, “porque muchos vendrán usando mi nombre, diciendo: “Yo soy”, o bien: “El momento está cerca; no vayáis tras ellos.”

Lo segundo, Jesús anuncia toda una serie de cataclismos, en el cielo y en la tierra. Estos siempre se han dado y seguirán dándose. No podremos construir lo nuevo sin destruir la viejo.

Finalmente, lo tercero, será que llegará el momento en que aún entre nosotros habrá divisiones y persecuciones. Incluso en la misma familia habrá esos conflictos, pero Jesús nos invita a no desesperarnos sino a seguir confiando en Él. Nos invita a seguir perseverando a pesar de todo. Solo la perseverancia hasta el final nos salvará.

Jesús siempre es respuesta

Jesús en el Evangelio nos invita a “no tener pánico”,  por más desgracias que podamos experimentar. Persecuciones sí, pero también tiempo de testimonio. La solución estará siempre en el encuentro con Jesús. Veamos lo que escribe el Papa Francisco, el hombre de la alegría y la esperanza. Nada de miedos y amarguras, sino abiertos a la alegría que Él nos ofrece. Somos nosotros con nuestros vacíos los que despertamos esos miedos:

“El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado.” (EG 2)

“Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso… Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores»… Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría… ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!” (EG 3)

Cambio de Dios por la ciencia

Hoy vivimos uno de esos momentos difíciles, por lo sutiles que son.
Para muchos de nosotros hoy nuestro Dios es el “desarrollo”.
Para muchos de nosotros hoy nuestro Dios es el “consumismo”.
Para muchos de nosotros hoy nuestro Dios es la “ciencia”.

No hay mejor manera de matar la fe de nuestros jóvenes que decirles que “hablamos en nombre de la ciencia”. Si lo ha dicho la ciencia, no se discute. Hoy la fe no es tanto creer en el Evangelio, sino creer “en la ciencia”.

Pregúntenle a tantos jóvenes que entran a la Universidad y escuchan cuatro tonterías, pero basta que las digamos en “nombre de la ciencia” para que su fe bautismal se venga a bajo. Hablamos contra todo lo “sagrado” y terminamos “sacralizando” teorías o pensamientos propios que llamamos “ciencia”.

Tuvo razón Bossuet cuado dijo: “Todo es Dios menos Dios mismo.” Hemos convertido en “dios” al progreso, al desarrollo, al dinero, al bienestar, al placer del sexo, al placer del turismo. Hoy nos sobran “dioses” y estamos olvidándonos de “Dios”. Resulta curioso, por una parte nos empeñamos en negar a “Dios” y, por otra, nos pasamos la ida creando “dioses”. ¿Alguien entiende algo? Yo sí. Que no podemos vivir sin Dios, como el verdadero Dios nos complica la vida, preferimos inventarnos nuestros “dioses inútiles”.

No despreciamos la ciencia

Tampoco al desarrollo. Tampoco a las satisfacciones de la vida. Lo que hacemos es ponerles en su debido lugar.

El problema no es el desarrollo, sino esclavizarnos del desarrollo.
El problema no es la ciencia, sino en esclavizarnos de la ciencia.
El problema no es la verdadera ciencia, sino las tonterías que decimos como ciencia.
El problema no es ser felices, sino en hacernos esclavos de nuestra felicidad que, al fin, nos hace infelices.
El problema no es ser libres, sino en deformar la libertad y llamar libertad a hacer “lo que nos venga en gana” porque la libertad auténtica es “responsabilidad”.

El cristianismo no es negación de nada.
El cristianismo es afirmación de todo.

Lo único que hace el cristianismo es no confundir las cosas o, como dice el refrán, “las viejas a cualquier cosa llaman chocolate”.
No es cierto que ser cristiano es renunciar a todo, sino el saber darle sentido a todo y saber utilizarlo todo.

Alguien me quiso tomar el pelo diciéndome que yo, por ser sacerdote, había renunciado al amor. Yo respondía muy claro: “Yo no he renunciado al amor, sino esas tonterías que usted llama amor y que más son deseo de autosatisfacción que de amor.”

Oración de los cinco dedos

  1. El dedo pulgar es el que está más cerca de ti. Así que comienza orando por aquéllos que están más unidos a ti, son los más fáciles de recordar. Orar por los que amamos es “una dulce tarea”.
  2. El próximo dedo es el índice. Ora por los que enseñan, instruyen y curan. Ellos necesitan apoyo y sabiduría al conducir a otros por la dirección correcta. Manténlos en tus oraciones.
  3. El siguiente dedo es el más alto. Nos recuerda a nuestros líderes, a los gobernantes, a quienes tienen autoridad. Ellos necesitan la dirección divina.
  4. El próximo dedo es el del anillo. Sorprendentemente, éste es nuestro dedo más débil. Él nos recuerda orar por los débiles, enfermos o atormentados por problemas. Ellos necesitan tus oraciones.
  5. Finalmente, tenemos nuestro dedo pequeño, el más pequeño de todos. El meñique debería recordarte orar por ti mismo. Cuando hayas terminado de orar por los primeros cuatro grupos, tus propias necesidades aparecerán en una perspectiva correcta y estarás preparado para orar por ti mismo de una manera más efectiva. (Recibido por correo electrónico)

Oración para sonreir

“Señor, bendícenos con la capacidad de sonreír siempre con sinceridad y desde nuestros corazones.
Señor, renueva mi espíritu y dibuja en mi rostro sonrisas de gozo por la riqueza de tu bendición.
Que mis ojos sonrían diariamente por el cuidado y compañerismo de mi familia y de mi comunidad.
Que mi corazón sonría diariamente por las alegrías y dolores que compartimos.
Que mi boca sonría diariamente con la alegría y regocijo de tus trabajos.
Que mi rostro dé testimonio diariamente de la alegría que tú me brindas.
Gracias por este regalo de mi sonrisa, Señor. Amén.”
Madre Teresa de Calcuta

Es posible que pidamos muchas cosas, pero pedimos que podamos sonreír.
La sonrisa es un don, es alegría que nace del corazón.
La sonrisa también es un don que hacemos a los demás.
Porque los demás no quieren vernos con cara de invierno.
Una sonrisa es como un regalo que podemos hacer para que los otros se sientan mejor.

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