Hoja Parroquial

Domingo 5 – A | Sal y luz del mundo
Domingo 9 de febrero del 2020

“No se puede ocultar una Ciudad”

Se puede ocultar todo lo que está en el llano, pero no todo lo que está arriba en la cima de una montaña. Así es para Jesús la realidad de un cristiano. Un cristiano no debiera poder ocultarse. Y no porque los cristianos vivamos en la cima de los montes, sino porque nuestra vida debiera brillar demasiado, debiera resplandecer demasiado.

Es que la verdad no tiene porqué ocultarse ni callar.
Es que la luz de una vida auténtica no tiene porqué ocultarse ni esconderse.
Es que la santidad de una vida vivida a la luz del Evangelio no tiene porqué ocultarse.

La luz brilla e ilumina aunque la noche esté oscura. Por más que el mundo ande mal y esté a oscuras, las vidas de verdad tienen demasiada luz para no alumbrar incluso de noche.

El hombre puede alejarse de Dios, pero la vida vivida con la autenticidad del Evangelio será siempre como el faro que guía a los marineros incluso de noche.
El hombre podrá negar a Dios e incluso decir que no existe, pero mientras haya quien vive de verdad la experiencia de Dios, nadie podrá estar convencido de lo que dice.

Es que la luz siempre es más fuerte que las tinieblas y las sombras. Hasta un simple fósforo encendido es más que la oscuridad que lo rodea.

Por eso Jesús nos dice “vosotros sois la luz del mundo”. Es la misma definición que dio de sí mismo cuando dijo: “Yo soy la luz del mundo y el que me sigue no camina en tinieblas.” Es aquí donde me viene la inquietud y la preocupación: ¿Por qué entonces los cristianos iluminamos tan poco? ¿Por qué los cristianos pasamos tan desapercibidos que apenas se nota nuestra presencia dondequiera que estemos? ¿Será que la linterna de nuestras vidas lleva las pilas del Evangelio ya gastadas? ¿Será que el Evangelio en el que decimos creer está apagado en nuestras vidas y ha dejado de alumbrar? ¿Será que no hemos tomado en serio nuestro Bautismo, nuestra fe, ni hemos tomado en serio a Dios en nosotros?

Un cristiano que no es luz y no alumbra no es cristiano de verdad. El mundo necesita cristianos que alumbre e iluminen. No necesita cristianos apagados, sino cristianos que irradien luz y que el Evangelio los brote por todos los poros como el sudor en los días calurosos de verano.

Somos Lámparas

Cuando estoy lleno de Dios.
Cuando mi corazón rebosa de Dios.
Cuando el Espíritu arde dentro de mí.
Cuando mi fe se manifiesta en lo que hago.
Cuando mi fe se manifiesta en lo que hablo.
Cuando mi fe se manifiesta allí donde los demás no creen
Cuando mi esperanza se revela en los momentos difíciles.
Cuando mi esperanza se revela cuando otros la han perdido.
Cuando mi corazón está limpio y brillante.

Cuando mi vida irradia bondad.
Cuando mi vida irradia verdad.
Cuando mi vida irradia comprensión.
Cuando mi vida irradio solidaridad.
Cuando mi vida irradia amor.
Cuando mi vida irradia perdón.
Cuando mi vida irradia amabilidad.

Cuando veo lo bueno que tienen los demás.
Cuando veo las virtudes de los demás.
Cuando alabo lo bueno de los demás.

Cuando trato de que se piense bien de los demás.
Cuando trato de que se hable bien de todos.
Cuando trato de que los demás sean más.
Cuando trato de crear un buen ambiente a los demás.

Cuando lucho por la justicia social.
Cuando lucho para que todos tengan lo necesario.
Cuando lucho para que haya paz entre los hombres.
Cuando no me avergüenzo de lo que soy, aunque los demás se rían.

¿Y si no alumbramos?

Las lámparas tienen mucho de ornamental, pero su verdadera misión no es llamar la atención por su belleza. Lo esencial de las lámparas es alumbrar. Una lámpara puede serartísticamente muy bella, pero sin luz, deja la casa en tinieblas.

Jesús dijo que “si la sal se corrompe, no sirve más que para tirarla”. Lo que no dijo es qué habrá que hacer con la luz que ya no alumbra. Tengo una seria inquietud. Jesús fundó la Iglesia, no para ser refugio caliente de gente buena, sino para que sea “luz de las naciones”. “Lumen Gentium” la llama el Concilio Vaticano II. Pero son muchos los que no perciben la luz del Evangelio en la Iglesia hoy; al contrario, sienten como si la Iglesia les oscureciese la verdadera vida del Evangelio. “Yo creo en Jesús, pero no en la Iglesia.”

Acusarlos de que la culpa la tienen ellos, me parece una manera poco evangélica de actuar. Basta que yo sea un estorbo para uno solo, ya es suficiente para cuestionarme. Con mayor razón cuando son muchos.

¿No es razón suficiente para que nos cuestionemos como Iglesia? ¿No es razón suficiente para que la Iglesia se pregunte, se cuestione a sí misma?  Es posible que los demás tengan mucho de miopía, pero también es posible que emitamos poca luz, insuficiente luz para que puedan ver. Si la Iglesia no emite suficiente luz, ¿para qué está la Iglesia? 

No son las instituciones las que alumbran. La institución es como el vidrio de la lámpara, la luz viene de dentro. ¿Tiene suficiente santidad la Iglesia para que la institución eclesial pueda iluminar suficientemente? Hay preguntas que no podemos dilatar para mañana porque el mundo necesita de luz hoy.

Hablar de Él

Gran parte de mi vida la pasé hablando de Dios.
Y no lograba hacerme amigo de Dios.
Hablaba de Él y lo hacía convencido.
Hasta que un día me convencí de que todo quedaba en ideas.
Y entonces cambié.

Comencé a hablarle a Dios.
En vez de hablar de Dios a los demás, comencé a hablar personalmente con Dios.
Y he aquí algo empezó a cambiar.
Ya no era la cabeza la que trabajaba pensando en Él.
Fue el corazón el que fue cambiando en mí.
Es que, no es lo mismo hablar de alguien, que hablar con alguien.

No es lo mismo hablar de Dios, que hablar con Dios.
No es lo mismo saber cosas de Dios, que sentirle y experimentarle.
No es lo mismo tener ideas de Dios, que sentir a Dios en el corazón.

Las ideas nos hacen intelectuales de Dios.
Los sentimientos nos hacen místicos de Dios.
Las ideas nos convierten en maestros sobre Dios.
La experiencia nos convierte en testigos de Dios.

No es lo mismo decir “sé cosas de Dios”, a decir, “yo experimenté a Dios”.
Tenemos que hablar de Dios.
Pero antes tenemos que hablar con Él.

Quien sólo habla de Dios, puede ser un maestro que enseña.
Quien habla con Dios, puede ser un místico que lo vive.

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