¿Les podemos hablar de la muerte?

Muy queridos ancianos:

¿Les podemos hablar de la muerte a los jóvenes, a los hombres y mujeres de la edad adulta? Por la misma razón que les podemos y tenemos que hablar de la muerte a los jóvenes y a los adultos, les podemos hablar también a los que van más adelante en el camino. ¿Acaso la muerte no es parte de nuestra vidas?

Yo me imagino que algunos piensan solucionar el problema de la muerte, silenciándola y retirándola del vocabulario de cada día. La muerte no se soluciona callándola. La muerte no tiene otra solución, sólo hay que saber aceptarla.

Además, ¿quién ha dicho que la muerte es un privilegio o una desgracia de los ancianos? A los más podríamos decir que  los ancianos ciertamente van a morir de viejos, mientras que el resto también puede morir de niño, de joven o de adulto.

El problema para hablar de la muerte no es la edad. El problema muerte misma es que, aún sabiendo que llegará, no queremos hablar de ella, nos da miedo mencionarla. Es decir, vivimos en un divorcio con ella, en vez de vivir en armonía y en una especie de matrimonio espiritual.

¿Qué sucedería si al niño no le hablamos nunca de cuando sea joven, o al joven no le hablamos nunca de cuando sea maduro? La respuesta es clara, le vendaríamos los ojos para que no sepa a donde va, hacia donde camina. ¿Y vamos a pretender vendarles los ojos a los ancianos?

Yo más bien soy del parecer que a los ancianos hay que hablarles de la muerte con la misma naturalidad con la que les recordamos su juventud y les hablamos de sus años maduros. No demos la sensación de que la muerte debe ser algún secuestrador que inesperadamente nos sale al camino. La muerte es parte de mi niñez, es parte de mi juventud, es parte de mi edad madura y adulta, y es parte de mi ancianidad.

Tampoco debiéramos presentarles la muerte como un enemigo extraño. Al contrario, ojalá lográsemos hacerles ver la muerte como una compañera de camino y una amiga que nos espera al final del camino.

¿Hablarles de la muerte? Sí, por cierto, y hablarles de la muerte con la misma naturalidad con la que les hablamos de la vida.

Con afecto,

Clemente Sobrado C.P.