Hoja Parroquial

Cuaresma 2 – A | La Transfiguración de Jesús
Domingo 8 de marzo del 2020

El Monte del Amor

Hay dos montes fundamentales en la Biblia. El monte Sinaí, el monte de las tablas, el monte de los preceptos y obligaciones; y el monte Tabor, que pudiéramos llamar el monte del amor. Aquí está Jesús transfigurado de Dios. Y está Moisés el del Sinaí y es Elías el profeta. Ellos para desaparecer en la nube y Jesús para anunciar su muerte y anticipar su resurrección.

A partir de ahí la única palabra válida de Dios que tenemos que escuchar, ya no es la tabla de los mandamientos, es el anuncio de la muerte y resurrección. El anuncio de que su Palabra será en lo sucesivo la única palabra de Dios. “Es el Hijo amado”, es el Hijo a quien “escuchar”.

La Cuaresma es el momento del cambio.

Cambiamos del Monte de los mandamientos al monte de la experiencia gozosa de Dios. Cambiamos de los Mandatos de Moisés a la Palabra  del amor que tendrá que pasar por el misterio de la Cruz y de la Pascua.

Es el monte donde da gusto quedarse, pero del que es preciso bajar al llano. Porque Dios no ha venido que unos cuanto disfruten  de la belleza pascual, sino que sepan compartirla con los demás en el llano.

El cristiano está llamado a experimentar la belleza de Dios en la cima del monte, pero luego está llamado bajar al llano donde está el dolor y el sufrimiento, y anunciar la alegría de la pascua.

En la cima Jesús hablará de su muerte, pero en el llano hay que hablar de la resurrección. Muerte y Pascua caminan juntas.

No busquemos un Jesús solo pascua. Aprendamos a pasar por la Cruz y la muerte, pero sin separarlas. La una es consecuencia de la otra. Esa es la realidad del cristiano. Dios de fiesta y días de sufrimiento, tampoco separados. El sufrimiento tiene que manifestarse luego en alegría pascual.

La Cuaresma tiene que ser un momento para la experiencia del monte. La Cuaresma tiene que tener sus momentos de encuentro en la contemplación para hacernos más fuertes luego en las luchas de la fidelidad hasta la muerte.

Tabor y Eucaristía

La celebración de la Eucaristía tiene mucho de Tabor.

Vemos al sacerdote presidiendo en el altar, y sabemos que es Jesús mismo quien celebra misa en medio de nosotros.
Escuchamos de la Palabra, escuchamos la voz del lector y sabemos que es la Palabra en la que Dios nos habla cada domingo.
Vemos un pedacito de pan y sabemos que es el Cuerpo vivo y sacramental de Jesús.
Comulgamos un poco de pan, y sabemos que estamos comienzo el Cuerpo mismo de Jesús. “Quién come me carne y bebe mi sangre”.
Vemos un altar más o menos adornado y sabemos que es la mesa de la Ultima Cena o la Cruz del Calvario.
Vemos un montón de gente sentada, arrodillada o parada a nuestro lado, y vemos que es el Cuerpo Místico de Cristo, la comunidad y la familia de Dios.

Para el que asiste con actitud de fe a la Misa lo vemos todo muy humano, pero a la vez vemos la transfiguración de Dios y de Jesús que se hacen presentes en medio de nosotros.

Por eso mismo, la Misa no es algo que celebra allá al fondo el sacerdote, sino que es la actualización del misterio pascual de Jesús. “Anunciamos tu Muerte, proclamamos tu Resurrección…”

A la Misa no podemos ir en actitud pasiva, sino que vamos a celebrar, actualizar, hacer memoria y hacer contemporáneo el misterio pascual de Jesús. Sólo así podemos disfrutar de la misa. Sólo así, en vez de mirar al reloj para ver cuando acaba, podremos exclamar todos: “Señor, ¡qué bien estamos todos aquí!”

Maridos escuchad

Un marido desesperado porque no se entendía con su esposa fue a consultar a un Maestro espiritual. Este sin inmutarse le dijo: “Vete a casa y durante un mes escucha todo lo que dice tu esposa.” Pasado el mes regresó diciendo: “Maestro he cumplido tus órdenes y me he dedicado a escuchar a mi esposa.” Pues ahora, añadió el Maestro, regresa a casa y durante otro mes escucha todo lo que no te dice.

Muchos de los problemas de pareja están precisamente en que “no se escuchan el uno al otro”. Cada uno se escucha a sí mismo, pero no al otro. Escuchar no es solamente escuchar lo que el otro dice, hay muchas cosas que no se dicen con palabras. Hay otras muchas cosas que también se dicen con los silencios, es que también tenemos que escuchar los silencios del otro. Decimos mucho con nuestras quejas; pero, a veces, decimos más cuando callamos y nos guardamos dentro nuestros propios sentimientos.

A los esposos les insistimos mucho en que tienen que hablarse, tienen que dialogar. Y es lo mejor. Pero les hablamos muy poco de que “se escuchen el uno al otro”, porque es en esa escucha donde podemos percibir lo que el otro siente, piensa, sufre y goza. Por eso los esposo necesitan espacios para “hablar”, pero también necesitan espacios para “escucharse”. Escuchar el latido del corazón del otro. Escuchar el silencio del otro. Escuchar el dolor y las alegrías del otro.

Escuchar es una manera de entrar dentro del otro y compartir su mundo interior. Es es una manera de dialogar. Porque no solo dialogamos hablando, también dialogamos callando y escuchándonos.

En la Cima del monte

¿Y por qué tan arriba, Señor?
¿No podemos orar sin cansarnos de tanto subir?
¿Qué quieres que estemos solos y sólo nosotros te veamos?
¿Qué quieres que nadie nos distraiga del encuentro contigo?
¿Y mientras tanto, los otros qué, Señor?
¿Qué descansen o sigan charlando con la gente?

La subida no fue nada fácil.
La cuesta es empinada.
Tuvimos tentación de quedarnos a medio camino,
pero mereció la pena el esfuerzo.
Que aquí en la cima se está bien.
Que aquí el aire es más puro.
Desde aquí qué bien se ve el valle.
Abajo los trigos están amarillos
y arriba está el cielo azul.

Hasta que tú te haces brillo de sol.
Hasta que tú de desnudas de lo humano
y nos dejas ver lo divino.

Ahora sí que nos sentimos mejor.
Ahora nos sentimos muy bien.
¿Quieres que nos quedemos aquí arriba?
¿Quieres que hagamos tres tiendas?
Aunque Moisés tiene prisa y ya se fue.
Y Elías también se escapó.
Que ya no son ellos a quienes hay que escuchar.
Que ya no son ellos los parlantes de Dios.
Porque ahora sólo tú eres la Palabra
y sólo a ti hay que escuchar.

Tenemos miedo, Señor, envueltos en la nube.
Pero aún así preferimos quedarnos aquí.
¿Por qué tienes ahora prisas para bajar?
¿Por qué tienes ahora prisas para volver al llano?
¿Que también allí nos esperan?
Pero no nos prohíbas contar lo vimos.
Que también los demás se enteren.
No nos digas que callemos y esperemos.
Déjanos contar algo, aunque sea poquito.
¿No ves que nos han de preguntar?
¿Qué quieres que les digamos?
¿Acaso quieras que mintamos
y les digamos que todo fue aburrido?
Clemente Sobrado C.P.

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