Hoja Parroquial

Cuaresma 4 – A | Jesús sana a un ciego
Domingo 22 de marzo del 2020

Lo que cuesta creer en el cambio

Recuerdo que cuando sucedió el accidente aéreo con todo el equipo del Alianza Lima, el único sobreviviente fue el piloto. El pobre hombre en vez de gozar de la dicha de sobrevivir, fue sometido a tantos interrogatorios, que en un momento exclamó con estas palabras más o menos: “Hubiera sido mejor haber muerto también.”

Yo creo que el ciego curado por Jesús sufrió tal persecución por parte de los fariseos que a toda costa querían negar el milagro de Jesús, que me imagino que en algún momento también él hubiese preferido seguir ciego. Porque mientras no veía todos pasaban a su lado y nadie se metía con él, lo veían bien así. Lo que luego no pudieron soportar es que “recobrase la visión”.

Dudaron de Jesús. Dudaron que Jesús fuese un profeta milagroso. Y lo peor, comenzaron a poner en duda la identidad misma del ciego. Hasta debieron preguntar a sus padres, quienes sí confesaron que era su hijo y que había nacido ciego, pero de ahí para adelante no quisieron complicarse la vida y él mismo, caliente de tanta duda, exclamó: “Ya os lo he dicho, ¿para qué queréis os lo diga otra vez.” “Si es pecador yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.”

¿No es esto lo que nos sucede a todos cuando alguien que ha llevado una mala vida, decide cambiar y convierte su corazón a Dios? La verdad es que no le creemos, sigue pesando su pasado sobre su presente. Todos lo conocemos por su pasado, nadie quiere reconocerle por su presente.

Por eso uno de los grandes problemas de los malos que se hacen buenos es cómo lograr que ahora la gente los acepte, descubra su nueva identidad y se olviden de lo que un día fue.

¿No es este el problema de los que algún día pasaron por la cárcel o cayeron en la adicción a la droga? ¿Alguien está dispuesto a darles trabajo, a abrirles las puertas? Y luego todos nos lamentamos de que regresen a las andadas… No es que regresen, sino que nosotros mismos no los dejamos salir de su infierno del mal y de la droga.

Por eso me encanta el gesto de Jesús. Cuando oyó que lo habían expulsado fue a su encuentro y le dijo:”¿Crees tú en el Hijo del hombre?” “¿Y quién es, Señor?” “Lo estás viendo, Él que te está hablando, ese es”. Y ahí se consumó la curación del ciego: “Creo, Señor. Y se postró ante Él.”

Ahora el que antes era ciego, ve y ve más que los demás porque logra ver lo que los fariseos no lograron ver: “A Jesús como el Hijo del hombre.” ¿No nos pasará a nosotros lo mismo, que los que un día eran malos ahora son mejores que nosotros?

Estaba ciego y no veía

Nunca había visto, era ciego de nacimiento.
Se siente a gusto encerrado en las tinieblas.
Quien nunca ha visto la luz, no sabe lo que es.
Quien nunca ha visto los colores, no sabe lo que son.
Quien nunca ha visto los los rostros, no sabe cómo son
y no siente necesidad de verlos.
Para él no existe más que la oscuridad.
Acostumbrado a no ver.
Habituado a no ver.
Habituado a reconocer los caminos con el bastón.

Hasta diera la impresión de estar acostumbrado a ella.
No le pide a Jesús que le haga ver.
Es Jesús quien lo encuentra y se da cuenta de su ceguera.

Acostumbrados a no ver a los demás.
Acostumbrados a no ver el rostro de un niño.
Acostumbrados a no ver el rostro del que sufre.
Acostumbrados a no ver el rostro de Dios.
Acostumbrados a no ver el cielo estrellado.
Acostumbrados a no ver el sol.

Como nos hemos acostumbrado a vivir en la oscuridad:
La luz no nos dice nada.
El cielo no nos dice nada.
Las flores no nos dicen nada.
Dios no nos dice nada.
La gracia no nos dice nada.
El Evangelio no nos dice nada.
La Iglesia no nos dice nada.
Los demás no nos dicen nada.
Lo que no vemos no existe para nosotros.
Lo que no vemos no toca nuestro corazón.
Lo que no vemos no despierta deseos ni ilusiones.

Hasta que un día Jesús se hace luz en nuestras vidas.
Nos abre los ojos para que veamos.
Nos abre el corazón para que veamos.
Nos abre la mente para que veamos.
Nos abre el alma a la vida de la gracia.
Nos abre el corazón a Dios.

En este Cuarto Domingo de Cuaresma:
Jesús quiere hacerse luz de los que no ven.
Jesús quiere hacerse luz de los que nunca han visto.
Señor, ¿seré yo uno de esos ciegos que no ven?
Señor, necesito ojos nuevos.
Ojos que vean y te vean,
aunque los demás se escandalicen.
Clemente Sobrado C.P.

¿Tú sabrías esperar tanto?

¿Has escuchado alguna vez la quinta sinfonía de Bruckner? Es bella, pero como todo lo bueno tuvo muchos opositores y el autor sólo pudo escucharla en su primer estreno diecinueve años después de componerla. Mientras tanto Bruckner siguió escribiendo sinfonías que algún día serían estrenadas y escuchadas.

¿Recuerdas a Gerard  M. Hopkins? Posiblemente el mejor poeta inglés de los últimos siglos, algunos lo ha calificado de “el padre de la poesía moderna inglesia”. De él escribe José Luis Martín Descalzo “padres que murieron sin ver nacidos a sus hijos”. ¿Y saben por qué? Nadie quiso publicar ni una sola de sus poesías mientras él vivía.

Bueno, yo me imagino que su nombre al menos, te suena es Pier Teilhard de Chardín. Escribió como una veintena de libros que hoy son leídos en todo el mundo y están traducidos como a quince idiomas. Pues él no pudo publicar ni una sola línea mientras vivió.

Uno más. Mozart escribió su Sonata 545 dos días después que una de sus hijas se muriera de hambre y mientras su esposa, en un balneario, lo dejaba en ridículo coqueteando con todos y mientras él acudía a las casas de los ricos y así llenaba sus bolsillos de croquetas y bocadillos para poder comer los días siguientes.

Detrás de tantos triunfos, ¡cuantos dolores y penas se esconden! Detrás de muchos triunfos esconden su rostro infinidad de fracasos. Pero hay personalidades que no se estrellan contra el fracaso, sino que el fracaso mismo les da fuerza para seguir adelante y seguir luchando. Personalidades que no se rinden, sino que mueren “sin ver sus hijos”, pero que a pesar de todo se sienten padres. Detrás de tantas notas armoniosas, ¡cuánto dolor se esconde y cuanta esperanza se resiste a morir! ¿Tú resistirías tanto?

Un ciego en el Vaticano

Cuenta José Luis Martín Descalzo una experiencia de cuando él estudiaba en Roma. Una noche, un amigo suyo le llamó pidiéndole un favor: acompañar a un amigo mejicano que quería ver el Vaticano, pero había un problema, le dice: “Mi amigo es ciego”. José Luís se pasó la noche pensando cómo explicarle y enseñarle el Vaticano a un ciego, le estaban pidiendo un imposible.

Cuando se encontró con el turista ciego, se saludaron amablemente.
El ciego le dice sonriente: “No se preocupe. Usted vaya explicándome que yo tengo mi manera de ver.”
Hay ciegos que no ven con los ojos, pero ven mucho con el corazón.
Hay ciegos que no ven con los ojos, pero su mente les hace crear imágenes visibles.
Hay ciegos que no ven con los ojos, pero ven con el alma.

¿Acaso no somos todos ciegos delante de Dios?
Tampoco los ojos ven, pero el corazón lo siente.
¿Acaso vemos con los ojos a Jesús en la Eucaristía?
Pero la fe nos lo hace ver y sentir.
¿Acaso vemos con los ojos a Jesús en nuestros hermanos?
Sin embargo, la fe nos lo hace descubrir y experimentar.
¿Acaso ves con tus ojos tus propios pensamientos?
No obstante, tú estás seguro de que piensas y tus pensamientos pueblan tu mente.

Hay muchas cegueras, pero también hay muchas maneras de ver.
Hay muchos que tienen ojos y no ven.
Hay otros muchos que no tienen ojos, pero sí ven.

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