Hoja Parroquial

Domingo 2 – A | El que quita el pecado del mundo
Domingo 19 de enero

“El que quita el pecado del mundo”

Comenzamos este tiempo ordinario con una nueva imagen y un nuevo rostro de Dios. Juan presentó y señaló a Jesús, no como el que viene a complicarnos la vida, sino el que viene a liberarnos, el que viene a quitar el pecado del mundo porque, querámoslo o no, el pecado nos esclaviza.

Con frecuencia nos imaginamos que el poder hacer lo que se nos antoja y nos viene en gana es sentirnos libres. Sin embargo, nos guste o no, lo creamos o no, el pecado nos esclaviza. ¿Acaso la adicción a la droga nos hace libres? ¿Acaso la adicción al bingo nos hace libres? ¿Acaso la adicción al sexo nos hace libres? ¿Acaso la mentira y el engaño nos hacen libres? ¿Por qué entonces tanto el alcohólico como al adicto a las drogas termina confesando: “No puedo dejarlas”, lo consigo unos días y luego vuelvo de nuevo a las mismas? ¿Es esa la libertad que deseamos o no es más bien la esclavitud que nos ata y nos impide decidir libre y responsablemente?

Cuando Juan señala a Jesús como “el que quita el pecado del mundo”, nos está diciendo “éste es el que nos viene a devolver la libertad”.

Pero nos dice algo más. Son muchos los que piensan que Dios es “el inventor del pecado”, que las cosas son malas porque Dios quiere que sean malas. Dios no hace el mal, no puede hacerlo, solo es capaz de hacer el bien. Dios declara malas aquellas cosas que en sí mismas son malas. Cuando decimos que la mentira es pecado, no es porque Dios lo quiera, sino porque la mentira en sí misma es mala. El robar no es malo porque Dios lo prohíbe, sino porque robar al otro es en sí mismo malo. El perder la cabeza llenándola de alcohol no es malo porque Dios así lo quiera, sino porque es hacernos un grave daño a nosotros mismos y reducirnos al estado de animalidad, perdiendo la racionalidad.

Somos nosotros los que corrompemos las cosas. La sexualidad es buena, pero debidamente usada. Mas si la utilizamos para ser infieles o violar o engendrar hijos fuera del matrimonio, nadie dirá que es buena. Es buena en sí misma, pero mala en el uso que hacemos de ella. La riqueza es buena, pero nosotros podemos podrirla consiguiéndola a costa de los demás y empobreciendo a los demás. No es pecado el tener, sino el tener lo que le corresponde al otro.

El pecado lo hemos inventado nosotros perturbando el sentido de las cosas, no Dios. Al contrario, Jesús viene a liberar al mundo del pecado, viene a liberarlo de sus esclavitudes. Eso es lo que nos cuesta creer. ¿No tendremos que cambiar nuestra idea de Dios?

Dios tiene mala fama

Pues aunque parezca mentira, Dios tiene mala fama, incluso entre aquellos que dicen creer en él. ¿Por qué será que cuando hablamos de Él siempre pensamos en alguien que viene a limitar nuestra libertad, en alguien que nos impide vivir aquello que nos gusta? Muchas filosofías de los dos últimos siglos se han empeñado en convencernos que para ser nosotros mismos necesitábamos eliminar a Dios porque Dios oprime, nos limita y coarta nuestra libertad.

Le hemos hecho muy mala fama cuando, en realidad, la única misión de Dios es hacernos libres y liberarnos de todo lo que nos esclaviza. Con frecuencia pensamos que el pecado es libertad, cuando en realidad es esclavitud. ¿Acaso vivir esclavos de nuestros instintos se puede llamar libertad? ¿Acaso vivir esclavos de una botella puede ser libertad? Personalmente me duele cuando alguien me dice: “Yo ya quisiera salir de tal situación pero no puedo.” Ese “no puedo”, ¿es esclavitud o es libertad?

Dios viene a quitar el pecado que es lo que nos esclaviza. Eso lo sabemos todos cuando deseamos convertir nuestro corazón y vivir en la verdad y en coherencia con nosotros mismos y no podemos.

El pecado no hace daño a Dios, sino a nosotros mismos. El pecado puede darnos unos momentos de placer, pero ¿a qué precio? Después que ha pasado ese momento, ¿no sientes un vacío dentro de ti mismo? ¿No sientes una especie de neblina que oscurece tu espíritu? Alguien lo dijo con mucha claridad: “Pecar es renunciar a nuestra humanidad, dar la espalda a nuestra verdad, llenar nuestra vida de oscuridad. Pecar es matar la esperanza, aislarnos de los demás.” Una infidelidad, ¿acerca a la pareja o la distancia? ¿La hace vivir en la verdad o en el engaño y la mentira?  Decir que Dios “quita el pecado del mundo” significa que Dios se pone de nuestra parte para evitar el mal.

Himno Bautismal

El Papa Emérito Benedicto XVI nos dicía en su exortación apostólica “Sacramento de la Caridad” que el Domingo tiene distintas denominaciones según el sentido que queramos destacar en él. Así, por ejemplo, se le llama:

“Día del Señor”, en referencia a la obra de la creación.
“Día de Cristo”, en referencia al día de la nueva creación y del don del Espíritu Santo que nos hace el Señor Resucitado.
“Día de la Iglesia”, como el día en que la comunidad cristiana se congrega para la celebración.
“Día del hombre”, “como día de la alegría, del descanso y la caridad fraterna.” (n.73)

“Por tanto, este día se muestra como fiesta primordial en la que cada fiel, en el ambiente en que vive, puede ser anunciador y custodio del sentido cristiano del tiempo. De este día brota el sentido cristiano de la existencia y un nuevo modo de vivir el tiempo, las relaciones, el trabajo, la vida y la muerte”. (id)

El Domingo no puede ser un día más, sino nuestro día. No puede ser un día insignificante sino un día que da sentido a nuestra vida humana y cristiana e incluso a nuestro trabajo y a nuestro tiempo. El Domingo debiera ser para nosotros un día de celebración de la memoria histórica de la salvación y de la celebración de nuestra libertad. “Aún cuando el sábado por la tarde, desde las primeras vísperas, ya pertenezca al domingo y esté permitido cumplir con el precepto dominical, es preciso recordar que el domingo merece ser santificado en sí mismo, para que no termine siendo un día “vacío de Dios”.” (Id)

La Verdad está dentro

La verdad del cristiano está dentro. Porque dentro está el Espíritu Santo que nos habita.

Dentro está la vida de la gracia que nos transforma. Dentro está la experiencia y la vivencia del misterio de Dios en nosotros. Cuando vemos una gota de agua al microscopio, vemos algo totalmente diferente. Contemplamos un mundo que se mueve y que vive. Vista desde fuera una gota de agua no dice nada.

El cristiano necesita verse al microscopio de la fe y de la experiencia contemplativa de sí mismo. Ese microscopio se llama el Espíritu Santo. Sólo entonces descubrimos que ser cristiano, ser bautizado, no es un barniz externo sino el mundo maravilloso del Espíritu.

Uno de nuestros problemas más graves está en eso: sólo nos miramos por fuera. Miramos nuestra piel. Miramos nuestras arrugas. Estamos como sentados fuera de nosotros. Como quien está sentado en una montaña de oro. Vemos la montaña pero no vemos el oro.

Por eso mismo, nos valoramos tan poco. Porque sólo nos valoramos por lo que somos en la epidermis. Y nos olvidamos de la verdadera riqueza interior.

Necesitamos mirarnos por dentro. Necesitamos mirarnos no en el espejo, sino en la experiencia del Espíritu Santo. Necesitamos contemplarnos cerrando nuestros ojos a lo externo y mirándonos desde la fe en lo que llevamos dentro. Sólo entonces el estar bautizados será algo más que una fecha en nuestro calendario. Será el gran acontecimiento de la vida. Nuestra verdad está dentro. Somos aquello que no vemos de nosotros.

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