Hoja Parroquial

Domingo – C | ORACIÓN Y MISIÓN | 20 de octubre del 2019

Iglesia en camino: Id

Benedicto XVI vive recluido en su clausura, pero su Mensaje ahí quedó como una luz en el camino misionero de la juventud. Les dice “id”.

Jesús envió a sus discípulos en misión con este encargo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará» (Mc 16,15-16). Y el Papa Francisco no se cansa de repetir que quiere una “Iglesia en salida”. “Nada de balconear”, sino “callejera”.Evangelizar significa llevar a los demás la Buena Nueva de la salvación y esta Buena Nueva es una persona: Jesucristo. Cuando le encuentro, cuando descubro hasta qué punto soy amado por Dios y salvado por él, nace en mí no sólo el deseo, sino la necesidad de darlo a conocer a otros. Al principio del Evangelio de Juan vemos a Andrés que, después de haber encontrado a Jesús, se da prisa para llevarle a su hermano Simón (cf. Jn 1,40-42). La evangelización parte siempre del encuentro con Cristo, el Señor. Quien se ha acercado a él y ha hecho la experiencia de su amor, quiere compartir en seguida la belleza de este encuentro que nace de esta amistad. Cuanto más conocemos a Cristo, más deseamos anunciarlo. Cuanto más hablamos con él, más deseamos hablar de él. Cuanto más nos hemos dejado conquistar, más deseamos llevar a otros hacia él.

Por medio del bautismo, que nos hace nacer a una vida nueva, el Espíritu Santo se establece en nosotros e inflama nuestra mente y nuestro corazón. Es él quien nos guía a conocer a Dios y a entablar una amistad cada vez más profunda con Cristo; es el Espíritu quien nos impulsa a hacer el bien, a servir a los demás, a entregarnos. Mediante la confirmación somos fortalecidos por sus dones para testimoniar el Evangelio con más madurez cada vez. El alma de la misión es el Espíritu de amor, que nos empuja a salir de nosotros mismos, para «ir» y evangelizar. Queridos jóvenes, dejaos conducir por la fuerza del amor de Dios, dejad que este amor venza la tendencia a encerrarse en el propio mundo, en los propios problemas, en las propias costumbres. Tened el valor de «salir» de vosotros mismos hacia los demás y guiarlos hasta el encuentro con Dios”. Queremos que su silencio resuene en este día del Domund, aunque no sea sino en esta pequeña página editorial.

La Misión es un Don Pascual

El ser misionero no es una carga, tampoco un querernos complicar la vida. La misión, por el contrario, es un don, un regalo pascual. ¿Acaso no es un regalo el que el Señor quiera hacernos compartir su propia misión en el mundo y parecernos a Él? En primer lugar, es un acto de confianza en nosotros. ¿Tú confiarías la administración de tu empresa y de tus bienes a un cualquiera? Pues, por mucho que digamos, tú y yo somos “unos cualquiera” y Jesús nos ha confiado la continuación de su obra. Esta es la verdad: “Como el Padre me envió también yo os envío.”

La misma confianza que el Padre tiene en su Hijo, la tiene el Hijo en nosotros. ¿Nos hemos dado cuenta de qué significa esto para nosotros?

Además, el envío o el mandato de ir y anunciar su Evangelio es fruto y consecuencia del don del Espíritu Santo. El Espíritu no nos encierra en nosotros, sino que nos abre a los demás. ¿Recuerdas la Encarnación? María apenas recibió el don del Espíritu Santo que hace de su virginidad una maternidad, “se pone a prisa a la montaña de Judea” para brindar sus servicios a su prima Isabel que está de seis meses y necesita ayuda porque entonces no había empleadas del servicio doméstico. Y María se hace una de ellas.

Por eso hacernos misioneros, hacernos anunciadores del Evangelio, hacernos continuadores de la misión de Jesús debiera ser para nosotros un motivo de gozo y de alegría. ¡Hasta diría que de orgullo!

La Iglesia y la Palabra

En su Exhortación “El Gozo del Evangelio” el Papa Francisco nos dice:

“La Palabra tiene una potencialidad que no podemos predecir. El Evangelio habla de semilla que, que, una vez sembrada, crece por sí sola también cuando el agricultor duerme (Mc 4,26-29) La Iglesia debe aceptar esa libertad inaferrable de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas que suelen superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas.” (n.22)

“La intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la comunión “esencialmente se configura como comunión misionera”. Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie.” (n.23)

El Papa  vive la espiritualidad del encuentro con Jesús y del encuentro con la gente. Y no excluye a nadie, sean cuales sean sus condiciones. Todos tienen derecho a la alegría del Evangelio. Todos tienen derecho a conocer a Jesús. No tenemos derecho a excluir a nadie. Y se nos pide salir de los templos, para anunciarlo “en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras y sin miedos”.La comunión de la Iglesia ha de ser una comunión “misionera”. Y añade: “El Apocalipsis se refiere a “una Buena Noticia, la eterna, la que él debía anunciar a los habitantes de la tierra, a toda nación, familia, lengua y pueblo”. (Ap 14,6) (n.23) Todos somos responsables del Evangelio para todos sin excluir a nadie. Tenemos la misma misión que Jesús.

“La Evangelización es tarea de la Iglesia”.Una Iglesia que es “ante todo un pueblo que peregrina hacia Dios”. Es un “pueblo peregrino y evangelizador, lo cual siempre trasciende toda necesaria expresión institucional.

Sería lindo vernos a todos tocando puertas, anunciando el Evangelio, pero con la alegría de quien ha encontrado un tesoro que quiere compartir. Ser misionero es olvidarse de sí mismo para pensar en aquellos que me necesitan y necesitan conocer el Evangelio, conocer a Jesús y a Dios, o la salvación. Darles la buena noticia que “Dios los ha salvado en su Hijo”.

La Misión brota de la riqueza del corazón

La misión brota de la riqueza del corazón
El fuego tiende a expandirse. Si lo encierras es capaz de hacer explosionar.
La luz tiende a iluminar el ambiente donde alumbra. Tendríamos que taparla, esconderla. Y alumbra incluso en la noche más oscura.

¿Y qué otra cosa es la fe que el fuego y la luz que alumbra tu corazón?
¿Quieres encerrarlos dentro de ti? ¿Quieres quedarte con ellos para ti?

Digámoslo de una manera más sencilla. Cuando el amor arde dentro de tu corazón ¿te quedas con él estrechándolo en los estrechos límites de tu corazón? Tu amor busca a quien amar. Busca a quien estrechar. Busca a quien hacerse sentir.

¿Y no tiene que ser esto el Evangelio en tu corazón?
¿Y no tiene que ser esto el amor de Dios en tu corazón?

¿Y no tiene que ser esto también la actitud de nuestro amor a Dios? ¿No decimos que amamos a Dios? ¿Y no nos quema este amor dentro? O tal vez, ¿no será un amor egoísta para nuestro consumo personal?

La verdad de nuestra fe no se revela tanto en ponernos de rodillas sino en ponernos en camino para ir a anunciar y proclamar el Evangelio a los que todavía no lo conocen o que conociéndolo lo han olvidado. Mientras no sintamos la comezón de la misión en nuestro corazón no podemos sentirnos verdaderos cristianos.

Soy Misionero

Soy misionero:
Cuando haga de mi vida luz para los demás.
Cuando hago de mi vida verdad para los demás.
Cuando hago de mi vida testimonio de Evangelio.

Soy misionero:
Cuando habla de Dios a mis hijos.
Cuando enseño a hablar con Dios a mis hijos.
Cuando enseño el Evangelio a mis hijos.
Cuando preparo mis hijos para la comunión.
Cuando enseño la verdad y la justicia a mis hijos.

Soy misionero:
Cuando entrego mi vida a la catequesis de los niños.
Cuando preparo los niños para la comunión.
Cuando preparo los jóvenes para la confirmación.
Cuando preparo a los jóvenes para el matrimonio.

Soy misionero:
Cuando me preocupo de la justicia para con todos.
Cuando me preocupo de la felicidad de los demás.
Cuando hago sentir a los demás que Dios es amor.
Cuando les hago sentir a los demás el perdón.

Soy misionero:
Cuando vivimos como una pareja indisoluble.
Cuando somos fieles a nuestro compromiso de amor.
Cuando vivimos en la verdad el uno frente al otro.
Cuando no nos engañamos con la mentira.

Soy misionero:
Cuando personal y familiarmente pido por los que no creen.
Cuando personal y familiarmente vivimos con gozo nuestra fe.
Cuando ayudamos a los misioneros en sus necesidades.
Cuando compartimos lo que tenemos para que ellos realicen sus obras.

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