Hoja Parroquial

Domingo 31 – C | RICOS Y SENCILLOS | 3 de noviembre del 2019

Dios de alegra con los sencillos

Hoy celebramos la Solemnidad de San Martín de Porres. Y la Liturgia le aplica el Evangelio de Mateo 11,25-30. Una de las pocas oraciones de Jesús en las que sabemos cómo hablaba y qué le decía al padre. “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los  sabios y prudentes, y se las revelado a los pequeños”.

Jesús no es de los que se fija en los grandes. Mejor dicho, a Jesús no le impresionan los grandes, al menos por ser grandes humanamente. A Jesús le impresionan y le llenan el corazón todos aquellos que abren su corazón al Evangelio. A Jesús no le impresionan los sabios, esos que tienen muchos Doctorados, sino aquellos que tienen un corazón limpio y se dejan transformar por la palabra del Evangelio. Por eso mismo, a Jesús no le impresionan los poderosos y los que lo saben todo, sino los santos, aunque no sepan leer ni escribir.

Jesús es sorprendido hablando con el Padre. Y no le está pidiendo por él. Está hablando de los hombres. Está hablando de cómo le está yendo a él mismo anunciando el Evangelio del Padre. Le está hablando cómo gente tan sencilla, y hasta digamos ignorante, ha comenzado a proclamar el Evangelio, y lo felices que regresan porque la gente sencilla se les ha abierto.

No fueron como doctores a enseñar. Fueron enviados a proclamar lo que estaban viendo en el mismo Jesús. Fueron enviados a mostrar la fuerza del Reino sanando enfermos, es decir tratando de proclamar un mundo más feliz, donde los hombres se sientan libres y puedan vivir con alegría el don de la vida.

Jesús está desahogando sus penas y sus alegrías. Sus penas del alma, por la cerrazón del corazón de lo que se creen saberlo todo y por los grandes que no quieren perder su sillón.  Y sus alegrías, contándole al Padre la docilidad de los corazones sencillos, como el de San Martincito, cuyo corazón sintió siempre la presencia de Dios y siempre vibró de amor por los sencillos y pobres.

Estamos en los comienzos de la Evangelización en el Perú y las semillas del Evangelio comienzan a dar frutos de santidad en la gente sencilla y abierta a la llamada de Dios.

Un rico haciendo el ridículo

La lectura del Evangelio de Zaqueo resulta de lo más curiosa. Rico, pero pequeño de estatura. Ese es el problema de los pequeños. Los demás se nos ponen por delante y no nos dejan ver.

¿Alguien se imagina a un hombre de la categoría de Zaqueo, jefe además de los publicanos, encaramado en un árbol para poder ver a Jesús? Sin embargo, cuando las ganas de ver a Jesús son más grandes que nuestro orgullo y nuestra vanidad, no tiene problemas en hacer el ridículo subiéndose a un árbol. Aceptamos que los niños lo hagan. ¡Pero todo un jefe…!

El caso es que Jesús pareciera no hacer demasiado caso a todos los que le rodeaban; sin embargo, cuando llegó junto al árbol, miró hacia arriba e invitó a Zaqueo a bajarse del árbol, porque irían juntos a su casa.

Zaqueo que no podía verlo por su baja estatura, pudo verlo cara a cara en su propia casa y hasta pudo celebrarlo compartiendo una buena cena. Un hombre que se convierte a Jesús haciendo el ridículo. ¿Y qué importa el ridículo si uno logra un encuentro tan íntimo, tan personal con Él? Ese día la casa de Zaqueo se llenó de luz, porque se llenó de gracia y de salvación.

No fue solo un compartir la misma cena. Fue el cambio y la conversión del corazón de Zaqueo. Ese día posiblemente recaudó poco dinero. Al contrario, ese día en vez de dedicarse a ganar dinero, lo dedicó a repartir dinero. Hasta entonces su corazón estaba lleno de monedas, desde ese momento su corazón se vació de ellas y se llenó de salvación.

Todo comenzó por una curiosidad, y todo terminó en un momento maravilloso de gracia. Dicen que la curiosidad mata, pero la curiosidad también salva. La curiosidad puede ser el comienzo de un largo camino inesperado. La curiosidad de ver, de conocer, termina aquí en un encuentro personal que Zaqueo nunca se hubiese imaginado. Hasta es posible que su actitud no pasase de ahí, de un simple verle. Pero cuando se ve de verdad a Jesús con el corazón todo comienza a cambiar por dentro.

Es posible que en nosotros haya muchas curiosidades. ¿Seguiremos teniendo la curiosidad de ver de verdad a Jesús?  Juan Pablo II marcaba a la Iglesia un camino muy claro: “Ver el rostro de Jesús.” ¿Estaremos tan acostumbrados a verlo en sus imágenes que ya no tenemos ni la curiosidad de verlo con los ojos del corazón?

La última carta de mons. Jorge Mario Bergoglio

En febrero del 2013, unos días antes de ser nombrado papa, escribió una carta cuaresmal a sus sacerdotes, donde les dice algo que también repitió en su primera Homilía como Papa: Salir, compartir y anunciar, sin lugar a dudas, exigen una ascesis de renuncia que es parte de la conversión pastoral. El miedo o el cansancio nos pueden jugar una mala pasada llevándonos a que nos quedemos con lo ya conocido que no ofrece dificultades, nos da una escenografía parcial de la realidad y nos deja tranquilos. Otras veces podemos caer en el encierro perfeccionista que nos aísla de los otros con excusas tales como: “Tengo mucho trabajo”, “no tengo gente”, “si hacemos esto o aquello, ¿quién hace las cosas de la parroquia?”

Salir y no quedarnos a esperar.
Compartir haciéndonos solidarios con los demás.
Anunciar, que esa es la misión de la Iglesia y de todo bautizado.

Como bien reconoce él mismo “esto exige un conversión pastoral”, esto nos exige a todos dejarnos llevar por el Espíritu y no refugiarnos en esos fáciles eslogans: de no puedo, yo no valgo, yo no tengo tiempo. Los discípulos tampoco valían mucho, pero Dios quiso contar con ellos.

Jesús los mandó a salir, “los envió”, porque lo más fácil es quedarse sentado bostezando de aburrimiento. Eso de que nosotros no sabemos es un cuento. No hace falta saber mucho, lo importante es vivir mucho, estar convencido.

El Papa, como lo ha expresado muchas veces, no quiere una Iglesia sentada, aburrida e inútil; quiere una Iglesia que “sale” de sí misma, que “comparte el don de la fe” y que anuncia “el Evangelio”, para lo que no hace falta saber mucho solo asta con el testimonio del Evangelio encarnado en nuestras vidas.

Para cambiar a los demás

  1. Tienes ganas de cambiar al mundo y de cambiar a los demás. ¿Por qué no vives de tal manera que hoy los demás, al verte, sientan tremendas ganas de cambiar?
  2. Para amar a los demás no exijas que cambien, que sean mejores, ámalos y acéptalos como son y verás como ellos mismos comenzarán a ser diferentes, distintos a lo que eran ayer.Cuando intentes cambiar a los demás, piensa si no estarás tú mismo ocultando tus propios defectos tras el biombo de tu celo y de tu preocupación por ellos. Los defectos personales son lo suficientemente sutiles como para esconderse detrás de una preocupación por hacer mejores a los otros.
  3. Los demás son el mejor espejo donde se ven más claros tus propios defectos. Lo que en ti justificas como virtud, lo ves como fallo en los otros. Míralos y luego date tu propio veredicto.
  4. Cambiar no significa parchar la vida, sino comenzar a vivirla de otra manera. Vivirla como has dejado de vivirla hasta ahora.
  5. Cuando la gracia haya cambiado tu corazón, aprenderás a comprender mejor el corazón de los demás porque entonces los verás como los suele ver el Señor, con ojos de Padre.
  6. Cuando tú hayas cambiado, no será necesario que lo digas. Para quien vive la alegría, no es necesario hablar mucho de ella, la irradia. Cuando te perfumas es posible que tú mismo no percibas tu buen olor, serán los demás quienes te lo hagan saber.

Cuando yo cambio, el mundo ya es un poco menos malo que antes. Cuando tú y yo cambiamos, el mundo comenzó a ser diferente.

¿Y tú quieres ir al cielo?

Me ha gustado una frase de Paulo Coelho, en uno de esos puentecitos que suele regalarnos.

“Y tú, Manuel, ¿no quieres ir al cielo cuando mueras?”
“Claro que quiero. Pero todavía no he probado la vida que Dios me ha dado, ¡y usted quiere que vaya al cielo ya!”

¿Quién no quiere ir al cielo? Pero es posible que estemos pensando en el cielo y nos olvidemos de vivir el don de la vida. Y es posible que estemos pensando en salvarnos y nos olvidemos de la misión que Dios nos ha encomendado realizar aquí en la tierra.

El cielo es como la adultez en la vida humana, pero nadie puede vivir como adulto si antes no hemos vivido como niños, adolescentes y jóvenes.

Para ir al cielo, primero, tenemos que vivir el regalo de la vida. Decimos vivir y no malgastarla o estropearla con el vicio porque muchos creen que vivir “es pasarlo bien”. Y vivir es realizarnos. Vivir es compartir con los demás. Vivir es crecer y madurar como personas.

Además, no olvidemos que el cielo ya comienza en esta vida. “Vendremos a él y haremos morada en él.” Jesús nos repite que quien come de su pan “ya tiene la vida eterna”.

Estamos llamados a vivir “el cielo” ya antes morir. Quien no vive el cielo en vida, difícilmente llegará a él cuando muera. La muerte lo único que hace es dar continuación y plenitud a lo que ya llevamos dentro de nosotros ahora.

Las palabras

  1. Cuida hoy tus palabras. Hay palabras que no dicen nada porque no tienen nada que decir. Hay palabras que sólo son eso, palabras, sonidos vacíos. Sobre todo, son palabras que no llevan nada de ti. Si tu palabra no te dice a ti mismo, mejor que calles.
  2. La palabra es lugar de encuentro. Por eso, cuando Dios encarna a su Hijo, lo llama Palabra. En Jesús-Palabra, Dios y hombre se dan cita y se encuentran. Pero se encuentran porque Dios se dice a sí mismo al hombre y el hombre se dice a sí mismo a Dios.
  3. Tus palabras pueden ser hoy, camino de distanciamiento. Las palabras duras, las palabras que hieren, son palabras que en vez de acercar pueden crear abismos entre los corazones.
  4. La palabra es el camino para llegar al otro. Solo podrás entrar dentro de alguien a través de lo que te dice de sí mismo. El otro solo podrá entrar dentro de ti en la medida en que tú le abras la puerta de tu corazón. Las alegrías y las penas se comparten mediante la palabra.
  5. La palabra que no se ratifica luego con los gestos de la vida, termina siendo mentira y ofensa para el que la escucha. La peor herida del corazón humano es la mentira.
  6. Que tu vida sea camino de fe para tus palabras. Y que tus palabras sean la revelación de tus sentimientos. Vida que se hace palabra y palabra que se hace vida.
  7. Deja que tu vida sea tu mejor palabra. Es posible que muchos no entiendan tus palabras, pero todos entenderán la palabra de tu vida, la única palabra que no miente.

La mejor palabra de Dios es su Hijo colgado de una Cruz.
En ella habla poco, pero dice demasiado.

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