Hoja Parroquial

Domingo 28 – C | SER AGREDECIDOS | 13 de octubre del 2019

Nos cuesta dar gracias

El relato de los diez leprosos, en su sencillez, se presta a cantidad de consideraciones. La primera que me llama la atención “se pararon a lo lejos”. No podían vivir con la gente, no podían vivir en su hogar, tenían que vivir “marginados”, “lejos del resto de la gente”. Pero me llama la atención que sí podían vivir juntos entre ellos. El sufrimiento une a los que sufren, pero distancia de los que lo pasan bien. Así como no queremos contaminarnos, también preferimos que el sufrimiento esté lejos y no nos moleste.

La segunda consideración la encuentro en el mismo Jesús. Los envía al Sacerdote y en el camino quedan limpios, pero de los diez solo uno toma conciencia de estar sano. El resto también lo está, pero solo uno descubre las maravillas de Dios en su curación.

Si primero gritaban desde lejos “Jesús, ten compasión de nosotros”, ahora se da vuelta y por el camino “se volvió dándole gracias a Dios”. Ya no piensa en sí mismo, su curación le sirvió para descubrir la obra de Dios y su corazón estalla en acción de gracias.

Cuando regresa a Jesús, lo único que hace es “dándole gracias”. Los demás siguen su camino, siguen en la religión de la Ley. Mientras tanto, “este regresa a Jesús”, se sale de la religión de la Ley, no regresa a la religión que lo “excluyó y marginó”, sino a la religión que “lo sanó y integró en la nueva comunidad”. Y lo hace alabando y dando gracias a gritos. Hasta el mismo Jesús se extrañó de su conducta, además también se extrañó de que los otros nueve no regresaran a dar, por lo menos, “muchas gracias”.

Ser agradecido es reconocer los dones recibidos. Ser agradecidos es un sentimiento de un corazón sensible a la acción de Dios en él. Ser agradecidos primero implica saber ver las cosas como dones y regalos de Dios: la vida, la salud, la alegría, la familia, el hogar, los hijos, el pan que comemos. Todos son nuestros, pero no nuestros. Porque son dones del Señor.

Estoy pensando en las familias. Yo recuerdo que siendo niño, cuando alguien me daba algo, de inmediato la abuela me llamaba la atención: “¿Qué se dice?” “¡Gracias!” ¿Cuántas cosas recibimos unos de otros en la familia? ¿Cuántas veces nos damos gracias mutuamente? ¿Cuántas veces agradecemos a la mamá o a la empleada por la comida que nos ha preparado? ¿Cuántas veces terminamos el día dándole gracias al Señor por el día que hemos vivido?

Estómago lleno corazón contento

Cada uno debiera escribir la letanía de los dones recibidos de Dios y de los que tendríamos que agradecerle cada día:

Por un día más que me regalas, gracias.
Por poderme despertar con salud hoy, gracias,
Por poder abrir la ventan y ver de nuevo el sol, gracias,
Por poder trabajar hoy, gracias.
Por tener trabajo hoy, gracias.
Por poder encontrarme con mis amigos hoy, gracias.
Por poder amar a mi esposa hoy, gracias.
Por hacerla feliz hoy, gracias.
Por poder amar a mi esposo hoy, gracias.
Por hacerle feliz hoy, gracias.
Por ver las sonrisa de nuestros hijos hoy, gracias.
Por poder sonreír a nuestros abuelos hoy, gracias.
Por ver al abuelo contento hoy, gracias.
Por poder ayudar a alguien hoy, gracias.
Por sentir el amor de los demás hoy, gracias.
Por tener qué comer hoy, gracias.
Por poder hacer felices a los demás hoy, gracias.
Porque los demás me hacen feliz hoy, gracias.
Por creer en ti hoy, gracias.
Por saber que me amas hoy, gracias. 

“Gracias, Señor, por el pan de la vida
por las heridas, gracias, Señor,
por el sueño del hombre que al fin quiere paz,
por los sentimientos de humanidad,
por la vida, el gozo, el amor,
por el pan, la salud y el perdón.”

Palabras para los ancianos

Quiero seguir con las palabras del Papa Benedicto XVI a los ancianos. ¿Acaso no tienen ellos el mismo derecho que el resto de la gente? Dejemos que también ellos sientan lo que el Papa les dice y sientan el gozo y la alegría de sus palabras:

“Queridos hermanas y hermanos ancianos: A veces los días se hacen largos y parecen vacíos, con dificultades y con pocas obligaciones y encuentros, pero no os desaniméis jamás, sois una riqueza para la sociedad, incluso en el sufrimiento y en la enfermedad. Y esta fase de la vida es un don también para profundizar en relación  con Dios. El ejemplo del Beato Juan Pablo II fue y aún sigue siendo esclarecedor para todos. No olvidéis que entre los preciados recursos que tenéis está el recurso esencial de la oración: convertíos en intercesores ante Dios, rezando con fe y con constancia. Orad por la Iglesia, también por mí (el Papa), por las necesidades del mundo, por los pobres, para que en el mundo no exista ya violencia. La oración de los ancianos puede proteger al mundo, ayudándolo tal vez de forma más eficaz que el afán de tantos. Quisiera encomendar hoy a vuestra oración el bien de la Iglesia y la paz del mundo.¡El Papa os quiere y cuenta con todos vosotros! Sentíos amados por Dios y sabed llevar a esta sociedad nuestra, a menudo tan individualista y tan esclava de la eficiencia, un rayo de amor de Dios, Y Dios estará siempre con vosotros y con cuantos os apoyan con su afecto y con su ayuda.” (Ecclesia 1-XII-2.012) Leédselo a vuestro ancianos en casa.

Rezar el Credo

Es posible que recemos muchas oraciones, pero no precisamente el Credo, salvo en las Misas dominicales. Sin embargo, el Papa Emérito Benedicto XVI en su Exhortación anunciando el Año de la fe nos dice:

“No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón».”

Pienso que antes de terminar este Año de la Fe, tal vez, el día de Cristo Rey, se pudiera hacer la entrega del Credo, tipo una estampa, que todos pudieran llevar consigo y poder recitarlo cada mañana al comenzar el día para que nos fuese recordando el misterio de nuestra fe a lo largo del día.

Buenos días a la vida

«Es maravilloso despertarse cada mañana con alas en el alma y dar gracias a Dios porque tienes por delante un nuevo día para amar.»

«Busqué a Dios y no lo encontré.
Me busqué a mí mismo y tampoco me encontré.
Busqué a mi prójimo y encontré a los tres.»

Para vivir hay que luchar muchas veces contra la corriente.
Sólo los peces muertos son arrastrados por el agua.
Los que viven nadan contra la corriente. 

Al comenzar el día no lamentes las cosas que tienes que hacer.
Alégrate de que tantas cosas dependan de ti en la vida.

Si vives pensando en el amor que los demás te están debiendo, jamás te decidirás tú a amar.

Subir a las cimas de la fama no resulta difícil.
Lo difícil es mantenerse en la cima.
Las montañas son más estrechas en las puntas que en las bases.
Por eso el equilibrio es más costoso en las cimas.
Valora este día por lo que has hecho.
Pero piensa cuánto pudiste hacer y no lo hiciste.

La vida no es cuestión de contabilidades.
La contabilidad es buena para los negocios
no para la vida ni para las generosidades con Dios y con los demás.
En todo caso, si quieres, contabiliza lo que recibes de los demás y,
sobre todo, lo que recibes de Dios.
Nunca contabilices lo que das.
Te haría perder la gratuidad.

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