Hoja Parroquial

Domingo 27 – C / 6 de octubre del 2019

“Auméntanos la fe”

Los discípulos un día le pidieron a Jesús: “Enséñanos a orar.” Y no es que no supiesen orar, sabían orar como se oraba en el Antiguo Testamento. Lo que necesitan es aprender a orar con la nueva oración del Nuevo Testamento. Sabían orar como habían aprendido en la Ley, ahora quieren aprender a orar como oraba Jesús.

Esta vez le piden: “Aumenta nuestra fe.” Algo así como si fuese aumentar de peso o aumentar de sueldo. La respuesta de Jesús resulta un tanto extraña, pero muy real. No es cuestión de “cantidad o volumen de fe”. Jesús más bien les hace ver que no tienen apenas fe. “Porque si tuvieseis fe como un granito de mostaza…”

Es posible que muchos de nosotros también le pidamos “que nos aumente la fe”, que nos “dé más fe”. La fe no es cuestión de “cuánta” tenemos, sino de “cómo” es la que tenemos. Lo importante no es la cantidad de fe, sino la “calidad de nuestra fe”. Porque podemos pensar que creemos y que tenemos bastante fe, pero una fe de escasa calidad.

Tenemos fe en sus doctrinas. Tenemos fe en lo que se nos dice. Pero lo que realmente necesitamos es “reavivar en nosotros una fe viva y fuerte en la persona de Jesús”. “Lo importante no es cree cosas, sino creer en Él.”

Creer es descubrir en Jesús el centro de nuestras vidas. Tener fe es fiarnos plenamente de Él y vivirlo como Él que es capaz de dar sentido a nuestras vidas. Necesitamos conocerle más a Él, pero no se trata de un conocimiento de sus doctrinas, que luego vendrán por su pie, sino de conocerle como se conocen a las personas. No conocemos a las personas por sus ideas, sus teorías o por el lugar que ocupan, donde viven y de donde vienen. A las personas las conocemos cuando entramos dentro de ellas, las vemos por dentro y nos fiamos de ellas, confiamos en ellas, y hasta somos capaces de entregarles nuestras vidas. ¿Acaso el matrimonio no es un fiarnos el uno del otro hasta entregarle nuestra vida “hasta que la muerte nos separe, en la alegría y la tristeza, en la riqueza y pobreza, en la salud y en la enfermedad”?

Nuestra fe necesita de mejor calidad. Puede que seamos creyentes, pero hasta donde nos sentimos atraídos por la persona de Jesús. ¿Hasta donde nos fiamos plenamente de Jesús? ¿Hasta donde somos capaces de dar nuestras vidas por El? La cantidad está bien para los dineros, para la fe lo que se necesita es calidad, de lo contrario no llegará ni siquiera a un diminuto “grano de mostaza”.

Creer con el corazón

Son muchos los que se imaginan que “creen con la cabeza”, que la fe la llevamos en “la cabeza”. No digo que la fe no abarque también nuestra cabeza, nuestra inteligencia, nuestro saber; sin embargo, como afirma E. Vilanova, “la fe no está en nuestras afirmaciones o en nuestras dudas. Está más allá: en el corazón que nadie, excepto Dios, conoce”. Es ahí dentro, en el centro de nuestro ser, donde echa raíces nuestra fe. Por eso, no me cansaré en repetir que la fe “es creer que Dios es amor”. La fe es “creer que Dios me ama”. Vivir de la fe es “creerme amado y predilecto de Dios”.

La fe es el comienzo y la raíz de nuestro ser cristiano, pero precisamente porque el primer mandamiento de todos y síntesis de todos es “amar a Dios y amar al prójimo”. Me atrevería a decir que cuando nos imaginamos que estamos perdiendo la fe, no es porque en la cabeza surjan dudas, sino porque “estamos dejando de amar y de ser amado”. Por algo decía Juan Pablo II que “quien no ha descubierto y el amor y no experimenta el amor no es capaz de entenderse a sí mismo”. Tampoco podremos entender a Dios cuando no le amamos. La inteligencia podrá profundizar y explicar los misterios de la fe, pero creer creemos con el corazón cuando amamos y nos sentimos amados.

Atrévete a creer

  1. Atrévete a creer. Atrévete a fiarte de Dios aunque te falle el piso entero bajo tus pies. Tu mayor acto de fe lo harás el día en que no tengas nada en qué apoyarte y te agarres única y exclusivamente de las manos de Dios, sin miedo a que te suelte. ¿Te atreves a creer así?
  2. Atrévete a creer. Atrévete a renunciar a tu manera de pensar y ver las cosas y arriésgate a verlas siempre desde Dios y de cómo las ve Dios. Cuando sea noche total en tu vida, tú sigue adelante sin más luz que tu confianza en que Dios no te engaña. ¿Te atreves a creer así?
  3. Atrévete a creer. No sólo con la cabeza. Es muy fácil creer con la cabeza. La verdadera fe es creer con la vida. Que tu misma vida sea una confesión clara y nítida de fe. Quien cree con la vida vive de la fe y la fe se hace vida y la vida se hace fe. ¿Te atreves a creer así?
  4. Atrévete a creer. No sólo cuando todos creen, esa sería posiblemente una fe social. Tú estás llamado a creer precisamente cuando los demás se cierran a la fe y aún te dicen que creer es una tontería. Llamado a creer, aunque por ahí te cuenten el cuento de que la fe te da la respuesta a todo. ¿Te atreves a creer así?
  5. Atrévete a creer. No cuando todos te aplauden sino cuando todos te critican y aún se ríen de ti. Ahí es donde Dios está necesitando testigos. Dios no necesita tanto de testigos entre los que ya tienen fe, sino precisamente allí donde no hay fe. ¿Te atreves a creer así?
  6. Atrévete a creer. Incluso cuando tengas que confesar tu fe con el testimonio de tu propia vida. Los mártires murieron por su fe, su único delito fue creer. Cuando tu fe sea rubricada con tu propia vida, sentirás que valió la pena creer de verdad. ¿Te atreves a creer así?
  7. Atrévete a creer. Que tu fe llegue a fastidiar a los dormidos, a los que viven anestesiados. El mejor signo de tu fe es que donde tú estás los demás se sienten incómodos. Esa es la señal de que estás emitiendo mensajes que cuestionan sus vidas. Una fe que cuestiona a otros es verdadera. ¿Te atreves a creer así?

¿Cómo hablar de dios hoy?

Seguiendo con el artículo de la semana pasada. El caso es que antes de que nosotros hablemos de Dios, Dios nos ha hablado a nosotros. Por tanto, si de Él solo sabemos lo que Él nos ha dicho, nuestra primera tarea será: antes de hablar de Él es preciso escucharle. A veces hablamos de Dios un poco de memoria o simplemente como lo entendemos nosotros, lo importante es que hablemos de Dios desde lo que Él mismo nos ha dicho. Esto supone vivir en contacto con su Palabra y con un gran espíritu de oración que es el espacio donde mejor le podemos escuchar.

También tenemos que escuchar a los hombres, ese era el problema que se planteaba Jesús “¿Qué parábola usaremos? Es decir qué imágenes podremos usar que puedan llegar a la inteligencia y al corazón de los hombres.

Por eso, pienso que una de las más eficaces pastorales es el encuentro personal con las personas porque cuando hablamos a todos por igual, tenemos que ser conscientes de que no todos son iguales, no todos piensan igual, no todos tienen la misma sensibilidad ni todos tienen los mismos anticuerpos.

Podremos decir que no es fácil hablar de Dios o como dicen algunos “yo no sé hablar”. nadie podrá decir que él no puede escucharle. Todos tenemos su palabra. Todos tenemos el estilo que usó Jesús y cómo habló Jesús en aquel entonces. esto es un problema para los sacerdotes, pero también para los padres de familia que son los primeros en hablarles de él a los hijos. ¿Qué Dios les damos?

¿Cómo hablar de dios hoy?

¿Recuerdan las Obras de Misericordia que estudiamos en el Catecismo? ¿Recuerdan que eran nada menos que catorce? Es posible que durante nuestra vida no les hayamos dado demasiado importancia. Sin embargo, el Papa, con motivo del Jubileo de Misericordia del 2016, nos las recordó. Dicía así:

“Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina.

La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos.

Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos.

Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a  Dios por los vivos y por los difuntos”. (Bula n 15)

Como vemos, toda una serie de actitudes que van definiendo nuestras vidas y nuestras actitudes para con los demás. Las estudiamos de niños, pero ahoa el Papa nos las recuerda y actualiza ahora de grandes.

“¡Qué bonito es ser anciano!”

Estoy seguro de que esta frase nos suena un poco a tomadura de pelo; sin embargo, no es mía, que también para ahí me voy, es de Benedicto XVI hablando precisamente a los ancianos. Hoy vive en el silencio de una clausura, pero sus mensajes siguen hablando por él desde su silencio. Por eso la copio, porque también los ancianos necesitan que alguien les diga algo bonito:

“Esta mañana, dirigiéndome idealmente a todos los ancianos, y aún consciente de las dificultades que nuestra edad acarrea, quisiera deciros: ¡Qué bonito es ser anciano! En toda edad hay que saber descubrir la presencia y la bendición del Señor y las riquezas que contiene. ¡Nunca hay que dejarse aprisionar por la tristeza! Hemos recibido el don de una larga vida. Vivir es bonito también a nuestra edad, pese a algún “achaque” y a alguna limitación. Que en nuestro rostro se vea siempre la alegría de sentirnos amados por Dios y no la tristeza.”

¿Fantasía e imaginación? ¿Y por qué no realidad? ¿Acaso la vida no es bonita? Pues la vida del anciano también es vida como cualquier otra vida.

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