Hoja Parroquial

Domingo 26 – C / 29 de setiembre del 2019

Al otro lado del portal

¡Qué poca cosa es un portón! Sin embargo, ¡cuán importantes son los portones!
Sirven para protegernos contra los amigos de lo ajeno, pero también sirven para dividir la humanidad. El portón impide entrar a los no deseados, pero lo peor es que impide ver lo que acontece al otro lado.

Mientras dentro alguien banquetea espléndidamente, al otro lado está la necesidad, está la miseria. Pero el portón es de gran utilidad para muchos, impide ver lo que pasa al otro lado, impide ver al que se daría por satisfecho con “las migajas que caen de la mesa a los de dentro”. El portón ayuda a no crearse problemas, a no hacerse responsable de los demás. A tener la conciencia tranquila y a vivir en la indiferencia del egoísmo que vive para sí mismo.

Jesús en ningún momento juzga ni condena la buena vida de los que están al lado de dentro. Jesús condena la frialdad, la indiferencia de los de dentro para con los de fuera.

Ojalá pudiesen todos comer ricamente. Ojalá pudiesen todos vestir decentemente y hasta elegantemente. No son los vestidos de púrpura y lino, ni son los ricos manjares los están en contra del Evangelio. Lo verdaderamente antievangélico es la indiferencia, los ojos que no ven lo que pasa fuera, el corazón que no siente lo que sucede fuera, el hambre de los que están al otro lado, afuera.

El gran problema de la humanidad no es el ser ricos y tener mucho. El problema de la humanidad es la actitud que asumimos hacia los demás. Cuando no tenemos capacidad para darnos cuenta de las necesidades de los otros. Cuando vivimos indiferentes ante el hambre de los demás. Cuando no nos importan los problemas de los demás. Cuando no nos importan las lágrimas de los demás. Cuando no nos importan las llagas de los demás. Cuando los sentimientos de los otros no dicen nada a nuestro corazón.

De Jesús, el Evangelio dice con frecuencia: “Viendo a la muchedumbre sintió lástima.” Este es el gran problema de todos los tiempos, la indiferencia, la insensibilidad, porque una y otra son la manera más clara que tenemos de sentir que los demás no existen para nosotros o que si existen no nos dicen nada.

La indiferencia es la actitud de quienes viven en la “burbuja de su egoísmo, la burbuja de su yo” y no se enteran de que también existen los demás. La indiferencia es la manera de matar y hacer que solo nosotros existimos.

La indiferencia mata el amor

La indiferencia es uno de los grandes problemas del matrimonio y de la pareja. Mientras eran enamorados y novios, lo más importante era el interés que el uno tenía por el otro. Una llamada de teléfono parecería poca cosa, pero demostraba que yo era importante y que pensaba en mí.

Un renunciar a los amigos y llegar pronto para encontrarse, no era gran cosa, pero era suficiente para sentir lo importante que soy y que valgo más que sus amistades.

Pero viene luego el matrimonio y fácilmente caemos en la frialdad de la indiferencia.
No llamo por teléfono porque estoy demasiado ocupado.
Llego tarde porque he pasado un rato con mis amistades.
No hablo en casa porque estoy cansado.
No te pregunto como estás, porque doy por supuesto que estás bien.
No me siento a tu lado, porque yo tengo mis quehaceres o mis programas favoritos.

Cuando comienza la indiferencia es como cuando comienzan a caer las hojas en otoño o los primeros fríos del invierno. El amor se va despojando de sus ilusiones y uno siente que ya ha dejado de ser importante para el otro. Entonces el amor se va congelando con el invierno de la indiferencia.

Por eso nunca insistiremos demasiado en la importancia que tiene el prestar atención al otro porque es la manera de hacerle sentir que está vivo y que existe para nosotros.

La economía de la exclusión

El Papa Francisco escribe algo que pudiera responder a la parábola que hemos leído hoy en la Liturgia:

“Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes».” (EG 53)

Hay muchas maneras de matar. Si lo hacemos con un arma suena más y es más noticia. Pero matar por una economía de exclusión ya casi no llama la atención. ¿Y qué más da morir de un tiro que morir de hambre?

Rezar el Credo

Es posible que recemos muchas oraciones, pero no precisamente el Credo, salvo en las Misas dominicales. Sin embargo, el Papa Emérito Benedicto XVI en su Exhortación anunciando el Año de la fe nos dice:

“No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón».”

Pienso que antes de terminar este Año de la Fe, tal vez, el día de Cristo Rey, se pudiera hacer la entrega del Credo, tipo una estampa, que todos pudieran llevar consigo y poder recitarlo cada mañana al comenzar el día para que nos fuese recordando el misterio de nuestra fe a lo largo del día.

¿Cómo hablar de dios hoy?

Es la pregunta que se hace Benedicto XVI en su audiencia del miércoles 28 de noviembre de 2012 y lo hace con toda sinceridad y provocación y compromiso. “La pregunta central que hoy nos planteamos es la siguiente: ¿cómo hablar de Dios en nuestro tiempo? ¿Cómo anunciar el Evangelio para abrir caminos a su verdad salvífica en los corazones, a menudo cerrados, de nuestros contemporáneos y en sus mentes, distraídas a veces por los numerosos destellos de la sociedad? El propio Jesús, según nos narran los Evangelios, se preguntó  por ello al anunciar el reino de Dios: “Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos (Mc 4,30) ¿Cómo hablar de Dios hoy?”

Él mismo nos ofrece algunas pistas. La primera respuesta es que nosotros podemos hablar de Dios porque él ha hablado con nosotros. La primera condición para hablar de Dios es, por tanto, la escucha de lo que el mismo Dios ha dicho”.

Resulta curioso que, a pesar de ser creyentes en Él, luego tengamos que preguntarnos cómo poder hablar de Él. Primero, es difícil hablar de aquello que no conocemos ni vivimos y, en segundo lugar, es difícil por las dificultades que Dios mismo encuentra en el corazón de los hombres hoy. La Iglesia se ha pasado la vida hablando de Dios, pero es posible que el modo cómo habló de Él no sirva para hoy, pues las condiciones sicológicas y aún espirituales no son las mismas, pero es un reto para nosotros.

No podemos esconder la cabeza y decir lo que siempre se ha dicho. Lo importante es “Dios hoy” y el “hombre de hoy”.

Meditación desde ti mismo

Te llamé a vivir, te hice hermoso con mis propias manos. Te comuniqué mi vida, deposité en ti mi propio amor con abundancia. Te hice ver el paisaje y el color. Te di el oído para que escucharas el canto de los pájaros y la voz de los hombres. Te di la palabra para decir “padre”, “madre”, “amigo”, “hermano”.

Te di mi amor más profundo. No sólo te di vida, te estoy sosteniendo en ella. Tú eres mi hijo amado, te conozco cuando respiras y te cuido cuando duermes. No lo dudes.  Mis ojos están puestos en tus ojos, mi mano la tengo colocada sobre tu cabeza.

Te amo, aunque me olvides o me rechaces. Te amo aunque no me ames, ya lo sabes. Podrás ir donde puedas y donde quieras, hasta allá te seguirá mi amor y te sostendrá mi diestra. ¿O es que crees que yo como Padre puedo olvidar a mi hijo? ¡Ni lo sueñes! Desde que te hice ya no te puedo dejar solo, camino y sonrío contigo, vivo en ti.

Te lo escribo de mil maneras y te digo al oído y en silencio: Eres mi hijo, te amo.
Firmado: Tu Padre… DIOS. (Recibido por mail)

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