Hoja Parroquial

Domingo 24 – C / 15 de setiembre del 2019

El escándalo de los buenos inútiles

Que hay buenos, los hay. Que hay buenos inútiles, también. La verdad que no entiendo lo que algunos llaman buenos porque esos buenos que se escandalizan del amor de Dios me parecen “buenos de barniz de mueble”.

A mí me encanta el Dios de Jesús. El Dios que no abandona a los malos sino que sale a buscarlos. El Dios que deja en casa a los buenos y sale a buscar a los que se han extraviado y corren peligro en el monte. El Dios que no se escandaliza del hijo que se va de casa y malgasta toda su herencia. El Dios que no hace falta ganarle con nuestras bondades, sino que Él nos sigue amando, incluso cuando estamos perdidos en el monte y hay que fatigarse para encontrarnos. El Dios que ni siquiera exige que primero cambiemos para luego regresar a casa.

El Dios que nos ofrece hoy la Liturgia me fascina. Es el Dios de la gratuidad. Es el Dios que sale a buscar lo perdido y lo carga sobre sus hombros. Es el Dios que además se alegra y hace fiesta. ¡Qué poco festivo suele ser el Dios de nuestra fe! En cambio, el Dios de Jesús es un Dios que no disfruta solo sino que quiere compartir sus alegrías con los demás.

Siempre ponemos nuestra atención en la oveja perdida, cuando en realidad el personaje importante es el pastor que, cansado y todo, renuncia al descanso hasta que la encuentra y no la trae a casa a patadas y de mal humor, sino feliz de haberla encontrado.

¿Alguna vez te has sentido oveja perdida? ¿Alguna vez te has sentido feliz de que Dios te haya salido a tu encuentro y te haya cargado sobre sus hombros y haya celebrado tu regreso?

Pensamos más en nosotros ovejas perdidas, o hijos pródigos, que en el Padre que nos busca o que sale a nuestro encuentro y nos abrazo y celebra con fiesta.

Este es uno de los problemas de la deformación de nuestra fe. No somos nosotros los personajes importantes, sino Dios que está más preocupado de nosotros que nosotros mismos. Luego me hablarán del Dios que “puede condenarme”, “puede castigarme”. Yo prefiero el Dios que sale a los caminos de la vida hasta dar conmigo y cargarme sobre sus hombres hasta que me ve en casa. ¡Y pensar que esa es la confesión…! ¡Y pensar en el miedo que tenemos a confesarnos…!.

El misterio de la confesión

“San Juan María Vianney sabía instaurar con sus penitentes un auténtico “diálogo de salvación”, mostrando la belleza y la grandeza de la bondad del Señor y despertando ese deseo de Dios y del cielo del que los santos son sus primeros portadores.

Afirmaba: “El Buen Dios lo sabe todo. Antes aún que confeséis, sabe ya que pecaréis de nuevo y, sin embargo, os perdona. ¡Cuán grande es el amor de nuestro Dios que lo lleva hasta a olvidar voluntariamente el porvenir, con tal de perdonarnos!”

Una de las tentaciones de la gente es evitar la confesión porque sabe que puede volver a caer. Eso es reconocer la propia debilidad, pero también la propia posibilidad de levantarse de nuevo. Es aquí donde debiéramos poner en todos los confesionarios esta frase del Cura de Ars: “¡Dios sabe que pecaréis de nuevo y, sin embargo, os perdona.” El amor de Dios es tan grande que “lo lleva hasta a olvidar voluntariamente el porvenir, con tal de perdonarnos”.

Cada vez que salimos a la calle, sabemos que podemos caer, y no por eso nos quedamos en casa. Si algún día resbalamos, no por eso dejamos de salir a la calle. Dios conoce demasiado bien el corazón humano, incluso el de los santos, y es consciente de que, pese a nuestra buena voluntad, “podemos volver a caer”. Sin embargo, Dios nos perdona. Cuando recibimos la absolución arrepentidos y con ganas de cambiar, Dios sabe que volveremos a las andadas. Se olvida de ese posible futuro y nos perdona.

No dejemos de confesarnos, por más que volvamos a caer. Dios seguirá perdonándonos, a pesar de todo. Dios buscó a la oveja perdida sabiendo que podía volver a perderse. La buscó y la trajo a casa.

LA FIESTA QUE NO CELEBRAMOS

Celebramos cantidad de fiestas,
pero no celebramos la fiesta de cuando Dios nos ha encontrado.
Celebramos infinidad de fiestas,
pero no celebramos el perdón.
Nos confesamos,
pero lo hacemos casi con vergüenza.

Salimos del confesionario, pero nadie nos sonríe.
Salimos del confesionario, pero nadie nos regala un abrazo.
Salimos del confesionario, pero nadie nos aplaude.

El único que celebra es el mismo Dios que, luego de perdonarnos, nos invita a la mesa de la Eucaristía, que es la fiesta de los hijos.

Nadie comparte con nosotros la alegría de regresar vivos a casa.
Nadie comparte con nosotros la alegría de sentirnos renovados.

Hace tiempo que vengo insistiendo en renovar el sacramento de la confesión. En primer lugar quitar esos armarios oscuros y donde apagamos la luz. Además la actitud de la comunidad que es nuestra nueva familia.

Creo que, en la Iglesia hay más hermanos mayores que los que pensamos. Son ellos los que no quieren entrar a la fiesta y al baile y a los que Dios tiene que rogar que se alegren de que hemos sido recuperados vivos. ¿Quién comparte con nosotros la alegría de sentirnos perdonados, sacramentos del amor gratuito de Dios? Es triste tengamos que volver solos al asiento y con la cabeza entre las manos a rezar nuestra penitencia. Apuesto a que si alguien aplaudiese, se escandalizarían y hasta nos acusaría más arriba.

La indulgencia

En abril del 2015, el Papa Francisco entregó a la Iglesia Universal la Bula “El Rostro de la Misericordia”, convocando el Año de la Misericordia a partir del 8 de diciembre del 2015, a continuación les entregamos la parte que habla sobre la indulgencia.

“El Jubileo lleva también consigo la referencia a la indulgencia. En el Año Santo de la Misericordia ella adquiere una relevancia particular. El perdón de Dios por nuestros pecados no conoce límites. En la muerte y resurrección de Jesucristo, Dios hace evidente este amor que es capaz incluso de destruir el pecado de los hombres. Dejarse reconciliar con Dios es posible por medio del misterio pascual y de la mediación de la Iglesia.

Así entonces, Dios está siempre disponible al perdón y nunca se cansa de ofrecerlo de manera siempre nueva e inesperada. Todos nosotros, sin embargo, vivimos la experiencia del pecado. Sabemos que estamos llamados a la perfección (cfr Mt 5,48), pero sentimos fuerte el peso del pecado. Mientras percibimos la potencia de la gracia que nos transforma, experimentamos también la fuerza del pecado que nos condiciona.

No obstante el perdón, llevamos en nuestra vida las contradicciones que son consecuencia de nuestros pecados. En el sacramento de la Reconciliación Dios perdona los pecados, que realmente quedan cancelados; y sin embargo, la huella negativa que los pecados dejan en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos permanece.

La misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto. Ella se transforma en indulgencia del Padre que a través de la Esposa de Cristo alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo, consecuencia del pecado, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor más bien que a recaer en el pecado.” (Bula 22)

Lo nuevo es prolongación de lo viejo

Cuando hablamos de cambio no estamos negando el pasado. Cuando hablamos de mirar al mañana no estamos negando que nos olvidemos del ayer. Lo nuevo no nace del vacío, sino que lo nuevo es la continuidad de lo viejo.

Eso es lo que decía Benedicto XVI en la apertura del Año de la Fe hablando del Concilio Vaticano II: “El Concilio no ha propuesto nada nuevo en materia de fe, ni ha querido sustituir lo que era antiguo. Más bien, se ha preocupado para que dicha fe siga viviéndose hoy, para que continúe siendo una fe viva en un mundo en transformación”.

Muchos temen a lo nuevo porque se imaginan que es romper con lo tradicional. En cambio lo tradicional sin lo nuevo se apolilla y se inutiliza en un pasado que ya no existe.

Me gusta la frase de Mons Amigo cuando escribe: “Una Iglesia entusiasmada con la esperanza; actual, sin nostalgia del pasado ni miedo al futuro, en la “novedad de la continuidad” y la renovación permanente; evangelizadora, pues existe no para adaptarse a las circunstancias, sino para evangelizar en todo momento; servidora que ofrece lo que tiene, no impone a nadie; fiel, pues más preocupada por la fidelidad que el “credibilismo” de los aplausos; liberadora, no para destruir, sino para ofrecer una nueva vida llena de dignidad.”

Quien se niega a lo nuevo se quedará en el niño que fue. Solo el cambio y la novedad hacen del niño un adolescente y del adolescente un adulto. Cambio no es negar nada, es dar vida a lo que se estaba apolillando.

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