Hoja Parroquial

Domingo 22 – C / 1° de setiembre del 2019

la difícil gratuidad

El Evangelio de hoy se merece muchos títulos. Bien pudiéramos titularlo “Evangelio de los pobres”. Yo voy a titularlo “El Evangelio de la difícil gratuidad”. En una cultura como la nuestra donde todo se vende y todo se compra, todo se remunera y todo se recompensa, no resulta nada fácil comprender la virtud de la gratuidad. “Porque no podrán pagarte.” “Porque no podrán invitarte.”

La gratuidad es una de tantas expresiones del amor, es una de tantas manifestaciones y revelaciones del corazón de Dios. Como escribía Pablo “envió a su Hijo cuando nosotros éramos pecadores”; por tanto, no merecedores de su amor.

La gratuidad expresa una de nuestras manifestaciones de valor a las personas por sí mismas, por lo que son, no por lo que tienen ni por lo que valen ni por lo que podemos esperar de ellas.

Por tanto, la gratuidad es la expresión de la generosidad y del desprendimiento de nuestro corazón. La gratuidad es amar sin esperar nada, incluso es amar sin esperar ser amado. Es lógico y normal que si amamos esperemos ser correspondidos, como también es lógico y normal que invitemos a nuestros hermanos y amigos. ¿Jesús mismo ¿no entró a comer en casa de sus amigos de Betania?

Mientras la gratuidad no forme parte de nuestra mentalidad y de nuestros valores, habrá quien puede tenerlo todo y quienes no pueden tener nada. Mientras la gratuidad no sea una de las expresiones de nuestro amor, mal se la van a ver los mismos esposos porque, si bien el amor esponsalicio es mutuo, también tiene que ser gratuito y en la pareja uno de los elementos más necesarios es sin duda el perdón.

¿Puede haber perdón donde no hay gratuidad? Con frecuencia se escuchan frases como: “Ya le perdoné tantas veces…” “Es que no me pide perdón…” “Cuánto más debo aguantar…”

Soy consciente de que la gratuidad se presta a que abusen de nosotros y se aprovechen de nosotros. Pero, ¿cuánto abusamos nosotros del amor gratuito de Dios? ¿Cuánto nos aprovechamos del amor de Dios para seguir haciendo de las nuestras porque sabemos que Él nos perdona? Sin embargo, la gratuidad seguirá siendo algo que dignifica el propio corazón y la persona de los demás.

el perdón

“Por otra parte, es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez más. Incluso la palabra misma en algunos momentos parece evaporarse. Sin el testimonio del perdón, sin embargo, queda solo una vida infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado. Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza.” (Papa Francisco,  Bula n.10)

Todos sabemos que “perdonar” no es fácil. Siempre no suele quedar ahí dentro unas pequeñas brasas en medio de la ceniza. Perdonar no es debilidad. Perdonar exige una gran dosis de amor y de valentía. Cuando no perdonamos, nos aislamos, nos hacemos islas. Cuando perdonamos nos hacemos comunidad, continente.

Me encanta la frase del Papa cuando dice: “Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades de nuestros hermanos.”

Además, el perdón es una “fuerza que resucitar a una vida nueva e infunde valor para mirar al futuro con esperanza”. Perdonar es “recrear al que ha caído”. Perdonar es recuperar al hermano. Perdonar no es ser débil, sino tener la fortaleza de Jesús, que es la fortaleza de Dios. ¿Te duele perdonar? Ama y verás que es fácil. Decídete y tu mismo quedarás liberado.

¿cómo hablar de dios hoy?

La pregunta no es nueva, como decía Benedicto XVI hasta el mismo Jesús se hacía esta misma pregunta: “¿Con qué podremos comparar el reino de Dios?” ¿Qué parábola usaremos?” (Mc 4,30)

Benedicto XVI utiliza una imagen que me impresionó: “Hablar de Dios significa, ante todo, tener muy claro lo que debemos llevar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo: no un Dios abstracto, una hipótesis, sino un Dios concreto, un Dios que existe, que entró en nuestra historia y está presente en la historia, el Dios de Jesucristo, como respuesta a la pregunta fundamental sobre el cómo y el por qué de la vida. Por eso hablar de Dios exige una familiaridad con Jesús y con su Evangelio; supone nuestro conocimiento personal y real de Dios, y que tengamos una gran pasión por su proyecto de salvación sin ceder a la tentación del éxito, sino siguiendo el método del mismo Dios.”

Hablar de Dios significa haber experimentado a Dios. Hablar de Dios implica saber qué busca el corazón de cada hombre. Si alguien tiene sed no le voy a dar un plato de arroz por bueno que sea. Esto me preocupa porque me pregunto cuánto tratamos de conocer a Dios, pero también cuándo tratamos de conocer el corazón del hombre. Hay que presentar un Dios que “les sirva”, no un Dios para que lo almacenen en el archivo de su saber. Como Jesús tendríamos que preguntarnos también nosotros “¿Qué parábola usaríamos?”. Uno de los problemas actuales de la Iglesia y de la pastoral no es “cuánto sabe de Dios” sino “cómo hablar de él”. Es posible que muchos no tengan interés por Dios porque nosotros no sabemos presentárselo.

creamos en la juventud

Uno de nuestros pecados, del que no nos confesamos, es que no creemos en los jóvenes. ¿Que los jóvenes de hoy tienen muchos problemas? ¿Qué son demasiado superficiales? ¡Qué pronto nos olvidamos que fuimos como ellos!

Quien no cree en la juventud tampoco cree en el futuro, porque nosotros ya vamos para el retiro y alguien tiene que tomar nuestra posta. Nosotros vivimos del pasado. El futuro nos da miedo. En cambio, los jóvenes viven mirando al futuro. Por eso, nos guste o no, el futuro es de ellos y no nuestro. Será nuestro en la medida en que pongamos nuestra esperanza en los jóvenes.

Benedicto XVI les decía a los jóvenes en el Encuentro Mundial de Madrid: “La Iglesia confía en vosotros y os agradece sinceramente el dinamismo que le dais. Usad vuestros talentos con generosidad al servicio del anuncio del Evangelio.” Sin embargo, debo confesar que, a pesar de todo todos tenemos poca fe en ellos. Les tenemos miedo. Tenemos miedo a sus ilusiones y esperanzas. Tenemos miedo a su creatividad. Sin embargo, toda la historia, desde siempre, se ha ido renovando, no por los viejos sino por las nuevas generaciones. Es cierto que han creado tensiones, pero son tensiones necesarias porque es en esa tensión donde ser va madurando la fruta del mañana.

Cada cosecha necesita de nuevos granos. Cada época necesita de una nueva juventud. ¿Que tienen problemas? ¿Y nosotros no los hemos tenido? ¿Y muchos de sus problemas no obedecerán precisamente a que los jóvenes encuentran un muro que les impide caminar? Padres, tened fe en vuestros hijos, es una manera de amarlos. Si no creéis en ellos y no esperáis en ellos, no podéis decir que los amáis.

firmes en la fe

Es una de las frases que más utilizaba Benedicto XVI.
Para vivir de la fe, es preciso estar convencidos de nuestra fe.
Para anunciar la fe, es preciso estar convencidos de nuestra fe.
Para testimoniar la fe, es preciso estar convencidos de nuestra fe.

Es que no se puede vivir de la fe cuando ésta se tambalea bajo nuestros pies.
Es que no se puede anunciar la fe, cuando ven que nosotros mismos vivimos de la duda.
Es que no se puede testimoniar la fe, cuando nosotros mismos sentimos que nos falla el piso. 

Es como si construyésemos una casa a la que le fallan los cimientos. Por algo Jesús mismo habló de “construir sobre roca y no sobre arena”. Pero para estar firmes en nuestra fe se requieren dos elementos fundamentales. Ante todo conocerla, porque cómo creer en aquello que no conocemos, y luego es preciso vivirla, porque cómo anunciar a los demás aquello que a nosotros no nos sirve.

Para tener esta firmeza en la fe es preciso tener la firmeza en que Dios nos ama porque, al fin y al cabo, creer es fiarnos de alguien. Nadie se fía de aquel que no nos ama. Solo el amor da consistencia a nuestra vida, como luego nuestra fe da consistencia al amor.

La fe necesita del conocimiento, pero necesita más de la experiencia. La verdadera experiencia de nuestra fe es “sabernos amados de Dios”, saber que “podemos fiarnos de Él”. Fe y amor van parejos. Crece la una y crece el otro. Se apaga la una y se va apagando el otro.

En un mundo tan en crisis se necesita, más que nunca, fundamentar nuestra fe sobre roca firme. De lo contrario, cualquier teoría la hace tambalear.

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