Hoja Parroquial

Domingo 21 – C / 25 de julio del 2019

no me gustan los tacaños

Y la pregunta que le hace este personaje a Jesús es pregunta de tacaños: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?”. El generoso preguntaría de otra manera: “Señor, ¿serán muchos los que se salven?” La pregunta misma indica que este tipo conoce bien poco el corazón de Dios y conoce bien poco el corazón de Jesús, siempre dispuesto a dar su vida por la salvación de todos.

Además, a Dios no le van las matemáticas. Y en todo caso le encanta más sumar y multiplicar que restar y dividir. Yo creo que me gusta Dios precisamente por eso, porque a mí tampoco me gustaban las matemáticas, prefería la literatura. Y tampoco me siguen gustando hoy. Yo sigo prefiriendo un amor sin matemáticas. A lo más prefiero un amor que suma y multiplica.

Personalmente soy de los que cree que son muchísimos los que se salven, incluso aquellos que nosotros condenamos tan fácilmente. Yo estoy seguro que Dios salva a lo que nosotros condenamos. Y que cuando lleguemos junto a él, y los encontremos por allí, nos vamos a llevar un gran chasco. ¿Este aquí?

Es que Dios es amor y el amor no condena. Dios es amor y conoce de sobra las debilidades humanas. Y el amor suple nuestras debilidades. Por eso la encanta la respuesta que el Cardenal Martini dio a aquel periodista que le preguntó: “Eminencia, ¿usted cree en el infierno?” A lo que el sabio Cardenal contestó si titubear: “claro que creo en el infierno. Lo que tengo es duda de que haya alguien en él”.

Me encantan los que todo lo ven positivo. Me encantan los que todo lo ven desde el amor. Me encantan aquellos que son ciegos a lo malo y saben descubrir lo bueno que hay, incluso en los estercoleros. Porque, nadie se haga ilusiones. Todos comemos mucho de estiércol. Porque ¿acoso lo que comemos no ha sido abonado por el estiércol? Hasta el estiércol puede convertirse en savia que fecunda las raíces de los árboles y de las plantas.

Que hay mucho estiércol en la vida, ni dudarlo. Pero el amor de Dios es capaz de transformar el estiércol de nuestras vidas en vida, en sabroso pan, y en sabrosos frutos.

Por eso, yo sigo penando que “no son pocos sino muchos los que se salven”, por más que nuestro corazón los hay descalificado. Lo que nosotros condenamos, Dios se encarga de salvarlo. De esto estoy seguro. Y esta es mi esperanza.

La puerta es estrecha

Bueno, no dudo que en el Evangelio hay exigencias bien duras.

Tampoco dudo de que el Evangelio no anda con paños calientes, ni poniendo parchecitos a la vida.

Y sin embargo, el Evangelio sigue siendo eso “Evangelio”, es decir “Buena Noticia”.
Y la mejor noticia es que “Dios quiere que todos los hombres se salven”.
La puerta del cielo no es tan estrecha como el corazón de los hombres.
Pero es tan ancha como el corazón de Dios. Y por el corazón de Dios podemos entrar todos, incluso si vamos en montón.

Dicen que es un chiste. Pero a mí me parece una linda realidad. Estaba San Pedro visando los Pasaportes de los que llegaban al cielo. Y Pedro quería ser muy estrecho y muy justo. Y por eso, a muchos, los desviaba y les negaba la entrada. Pero en un momento dado se dio cuenta de que los que él rechazaba se habían colado por otra puerta. Se acercó a Jesús diciéndole: “Señor, los que yo impido entrar, alguien les está metiendo a escondidas. Ya no entiendo nada, creo que estoy perdiendo el tiempo”. A lo que Jesús le contestó sonriente: “Tranquilo, Pedro, no se lo digas a nadie pero “son cosas de mi Madre”.

Es decir que si nos falla la puerta de Pedro, todavía nos queda la puerta de la “mamá de Jesús”.

Está bien seamos exigentes con las exigencias de Jesús. Pero, no olvidemos que él mismo, que habla de puerta estrecha, luego nos habla del corazón del Padre que convierte el cielo y la salvación en toda una enorme puerta.

Esto no nos da licencia para hacer lo que nos viene en ganas. Pero sí nos da licencia para vivir siempre de la gozosa esperanza del amor salvífico del Padre y a escondidas de la “Mamá” que también anda atenta.

los confesores

“Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables. Ninguno de nosotros es dueño del Sacramento, sino fiel servidor del perdón de Dios. Cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. No se cansarán de salir al encuentro también del otro hijo que se quedó afuera, incapaz de alegrarse, para explicarle que su juicio severo es injusto y no tiene ningún sentido ante la misericordia del Padre que no conoce confines. No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo, porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón. En fin, los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia.” Papa Francisco, Bula n 17.

Nos toca a los confesores reconocer nuestra misión, que es la misma de Jesús y de la Iglesia. No somos “dueños del Sacramento, sino fieles servidores del perdón de Dios”. “Estamos llamados a abrazara a ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. No se cansarán de salir al encuentro también del otro hijo que se quedó afuera, incapaz de alegrarse.” “Los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia.”

¡Animo, no tengan miedo a confesarse! No estamos para condenar, sino para expresarles el amor que Dios les tiene.

peticiones desde la fe

Que la fe, ilumine el día que comienza.
Que la fe, ilumine la noche que se echa encima con sus sombras.
Que la fe, ilumine el trabajo con el que gano el pan para mis hijos.
Que la fe, ilumine nuestro amor de esposos cada día.
Que la fe, ilumine esos momentos difíciles en los que pensamos que todo ha terminado.
Que la fe, ilumine nuestro amor de padres como guías de nuestros hijos
Que la fe, ilumine nuestros momentos de duda y oscuridad.

Que la fe, ilumine nuestro camino hacia los hermanos.
Que la fe, ilumine muestro mirar a los que nos rodean.
Que la fe, ilumine a cada prójimo que se nos cruza en el camino.
Que la fe, ilumine mi amor a la Iglesia, aunque la vea a veces sucia.
Que la fe, ilumine mi amor a la Iglesia, por más que otros hablen mal de ella.
Que la fe, ilumine mi vida y la vea como regalo de Dios.
Que la fe, ilumine esos momentos difíciles en los que nos sentimos solos.
Que la fe, ilumine esos momentos en los que nos sentimos marginados.
Que la fe, ilumine nuestras vidas cuando somos juzgados injustamente.
Que la fe, ilumine nuestra oración cuando hablamos contigo.
Que la fe, ilumine nuestros propósitos cuando nos confesamos.
Que la fe, ilumine nuestros corazones cuando te comulgamos.
Que la fe, ilumine nuestra mirada al mundo cuando todo parece perdido.
Que la fe de cada día alumbre nuestra esperanza.
Que la fe de cada día fortalezca nuestra caridad.

máximas desde la tolerancia

“Los que te han hecho sufrir, tal vez no sean tan malos.
Los que no son de mis ideas, tal vez no sean intratables.
Los que no hacen las cosas como yo, tal vez no sean unos locos.
Los que discurren de otro modo, tal vez no sean unos ignorantes.
Los que no me son simpáticos, tal vez sean buenas personas.
Los que son más jóvenes que yo, tal vez hay que dejarles que se equivoquen para que adquieran experiencia.
Los que tienen éxito, tal vez se lo hayan merecido.
Los que me contradicen, tal vez me abran los ojos.
Los que tienen más dinero que yo, tal vez sean muy honrados.
Los que han dicho una palabra amable, tal vez lo hayan hecho con sentimiento y desinterés.
Los que me han hecho un favor, tal vez lo han hecho de mil amores.
Los que “pasan” de lo que a mí me importa, tal vez me ayudan a buscar lo verdaderamente importante.
Los que no van en mi misma dirección, tal vez buscan lo mismo por otros caminos.
Los que no me lo ponen fácil, tal vez me obligan a renovar el esfuerzo y la ilusión cada día”. (Publicado en la revista La Farola y citado por J. Gafo)

Pero yo le pondría otro título. “Siempre hay razones para pensar bien de los demás”. ¿Estás de acuerdo?

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