Hoja Parroquial

Domingo 20 – C / 18 de julio del 2019

Ni conformismo, ni rebeldía

 Ambas son actitudes poco cristianas porque Jesús no viene a anunciarnos un conformismo donde todo siga igual y tampoco viene a proclamar una rebeldía que todo lo soluciona con la violencia.

Jesús vino a traer fuego y la misión del fuego todos la entendemos, es quemar todo aquello que ya no sirve. Los agricultores tienen un sistema muy curioso. Recogida la cosecha prenden fuego a los rastrojos que ya no sirven para nada. Pero el fuego, además tiene una fuerza y un dinamismo. No solo calienta en los días fríos del invierno, sino que también sirve para poner en marcha los motores.

Muchos cristianos esperaríamos que Jesús deje las cosas como están. A lo más habría que ponerle unos parches, por eso se desilusionan de Jesús. O lo que es peor, muchos se imaginan que ser fieles a Jesús es dejar que las cosas sigan igual, sigan como siempre. El cambio no entra en su mentalidad.

Jesús es todo lo contrario. El vino a introducir el cambio. El mismo ya es un cambio. El cambio es señal de vida, es señal de que algo que no está bien y es preciso cambiarlo. Además, el cambio no es negar el pasado, sino más bien es hacer que el pasado camine y no se quede en el ayer.

Jesús vino a cambiar muchas cosas. Vino a cambiar la religión de “sacrificio por la religión de la misericordia”. Jesús vino a cambiar la religión de “los holocaustos por la religión del amor”. Vino a cambiar la “religión del sábado y la ley  por la religión del hombre”. Vino a cambiar la “religión del templo por la religión del hombre”.

Pero, eso sí. Jesús no actuó con rebeldía. Jesús no es de los que quiere el cambio por la fuerza y el poder, sino por la fuerza del amor, la comprensión, el respeto a los demás. La violencia destruye, pero no construye. Vemos la violencia de ciertas huelgas y manifestaciones que pasan destruyéndolo todo. La violencia impone el cambio a fuerza del poder del más fuerte.

No. Eso no es el estilo de Jesús ni tampoco del cristiano. El cristiano es el que quiere que lo que está mal esté bien, pero cambiando el corazón del hombre. El cristiano es el que quiere que aquello que declara como bueno una situación de injusticia, cambie por otra situación de justicia, pero no con otra injusticia. Jesús quiere que aquello que no responde a la dignidad del hombre tiene que cambiar, que el centro de todo tiene que ser el hombre y la dignidad y bienestar del hombre. Por eso el cristiano no es un conformista que deja que las cosas sigan igual. El cristiano es el hombre del cambio, es el hombre de lo nuevo.

Divisiones familiares

Hoy es frecuente que en las familias se creen problemas religiosos a consecuencia de las diferentes opciones religiosas. “Padre, mi hijo se ha cambiado de religión. Padre, mi hijo o mi hermano o mi marido se ha pasado a los hermanos separados.”

Jesús vino a proclamar la libertad de los hijos de Dios y ni él nos priva de esa libertad. Jesús es muy claro. Él ha venido a poner división en la misma familia. Padres contra hijos, hijos contra padres, hermanos contra hermanos. Todo eso a consecuencia del don de la libertad. En la familia habrá quienes crean en el Evangelio y quienes se nieguen a creer. Habrá quienes tengan la fe católica y quienes se hayan pasado a otras confesiones religiosas.

Esto, evidentemente crea situaciones de tensión entre los miembros de la familia. Sin embargo, Jesús nos pide el respeto a la conciencia de los demás. Respeto que no significa que yo acepte el modo de pensar de los otros, pero que sí significa que yo respeto la conciencia y la libertad de los demás. Muchos padres se preguntan qué hacer con sus hijos que se han pasado a otras confesiones o filosofías orientales. Nadie es dueño de la libertad de los demás. Tendremos que aceptar la realidad, por mucho que no duela. Siempre nos quedará el pedir al Señor que mueva y toque e ilumine las mentes y los corazones de los demás. Esto mismo se convertirá en una exigencia de fidelidad para nosotros mismos. Jesús es principio de unidad y comunión, pero también de división. Esa es la realidad del Evangelio. Él mismo tuvo en su grupo quien no aceptó su mensaje e incluso llegó a traicionarle. No es fácil, pero es la verdad. La religión no se impone. El Evangelio se ofrece. El ser católico no puede imponerse por la fuerza, sino por la oferta y el testimonio de nuestras vidas.

Las crisis también sirven

Benedicto XVI en su Encíclica “La caridad en la verdad” escribe: “Las crisis nos obligan a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso. De este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo” (n. 21)

Por fin los chinos tenían razón cuando decían que las “crisis son oportunidades”. Ahora ya no son los chinos sino el mismísimo Papa quien lo dice. Toda crisis nos compromete a “revisar el camino”, a “darnos nuevas reglas de vida”, “encontrar nuevas formas de compromiso”. Toda crisis es la oportunidad de “discernir” y “proyectar de un modo nuevo”. Por algo dicen que “Dios escribe derecho con líneas torcidas”. Es que las crisis nos despiertan en tanto que el bienestar y la falta de problemas nos adormecen en la poltrona de la vida.

Yo no temo las crisis del matrimonio, si sabemos aprovecharlas.
Yo no temo las crisis de la Iglesia, si sabemos aprovecharlas.
Yo no temo las crisis vocacionales, si sabemos aprovecharlas.
Yo no temo las crisis sociales, si sabemos aprovecharlas.

Muchas de nuestras crisis nacen precisamente de creer que no tenemos crisis o de hacernos indiferentes a ellas o haciendo culpables a los demás.

¡Cuántas medicinas hemos inventado a consecuencia de las nuevas enfermedades! De lo contrario seguiríamos solucionándolo todo con la “aspirina” o la “hierva María Luisa”.

No tengamos miedo a las crisis. Sí tengamos miedo a cerrar los ojos a las crisis y no preocuparnos de ellas. No seamos como los que ponen el despertador para levantarse y cuando suena lo apagamos.

La Iglesia y la Misericordia

“La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia « vive un deseo inagotable de brindar misericordia ». Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia. Por una parte, la tentación de pretender siempre y solamente la justicia ha hecho olvidar que ella es el primer paso, necesario e indispensable; la Iglesia no obstante necesita ir más lejos para alcanzar una meta más alta y más significativa. Por otra parte, es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez más. Incluso la palabra misma en algunos momentos parece evaporarse. Sin el testimonio del perdón, sin embargo, queda solo una vida infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado. Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza”.(Papa Francisco, Bula n.10)

La sociedad vive de la justicia. Una sociedad es digna cuando ejerce la verdadera justicia. La Iglesia vive de la misericordia, ejerce la justicia, pero la justicia de Dios es amor y misericordia y perdón. La credibilidad de la Iglesia depende de su “amor misericordioso y compasivo”.

Ser débil es una ventaja

¿Te sientes poca cosa? ¡Vaya qué suerte! Dios doblega a los fuertes y grandes, pero se inclina reverente ante los débiles y pequeños. “Derribó de sus tronos… exaltó a los humildes.”

Mirar a la Cruz siempre es un riesgo, el riesgo de convertirte. Porque luego no puedes seguir pensando igual ni mirando igual a los hombres y a Dios y menos aún podrás seguir viviendo de la misma manera.

Tu verdadera cruz no es tanto ese dolor de muelas, ni siquiera esa enfermedad incurable. Tu verdadera Cruz es la que nace como consecuencia de tu vida diaria de fidelidad. Es la cruz consecuencia de la vida.

¿Sabías que en los Evangelios se describen unos noventa y cinco encontronazos de Jesús con sus enemigos? La última vez lo condenaron a muerte. ¡Y luego dirán que hay que ser como todos! ¡Que no conviene llamar la atención! Claro, así jamás lo condenan a uno. Así se puede llegar a viejo y morir apolillado de años.

La verdad no siempre se expresa con las palabras y menos aún con gritos. También el silencio es una manera de tener la razón. A Jesús lo acusaban, pero Él callaba.

¿Que te sientes débil en el dolor? ¿Qué quieres… ocultar tu debilidad? ¡Pobre Cristo! Él siente tristeza, angustia, miedo y tedio. No, no es ningún Supermán, es sencillamente humano.

El miedo a las dificultades, a sufrir, no es nunca razón para echarse atrás en el camino. “Padre, que no se haga mi voluntad sino lo que Tú quieres.” La debilidad es tan sólo dificultad que hay que vencer.

Débil no es aquel que cae, sino aquel que no reconoce su caída o renuncia a levantarse.

No te hagas mala sangre

¿Que estás aburrido? El aburrimiento es la voz del vacío del corazón. Llena tu corazón y verás que el aburrimiento es el vacío que tú tenías que llenar.

¿Que te sientes aburrido cuando estás solo? ¿Pero alguna vez estás solo realmente? Te olvidas que alguien te habita por dentro. Mira un poco más lo que llevas dentro y te darás cuenta que Él estaba ahí. Tal vez callado porque nadie le dirigía la palabra. Pero ahí estaba escuchando tu propia soledad.

¿Que te sientes aburrido en casa? ¿No te das cuenta cuántos están esperando una palabra tuya, una sonrisa? Regálale una sonrisa a tu esposa, a tu marido. Obséquiale una palabra a tus hijos. ¿Todavía sigues aburrido?

Dices: los demás no reconocen lo que hago por ellos. ¿Recuerdas a los diez leprosos? Sólo uno volvió a darle gracias a Jesús. ¿Y los otros nueve? Sin embargo, quedaron curados lo mismo. Lo que importa es hacer el bien.

Dices: estoy harto de ser siempre yo quien ceda en todo. Pues, mira, ¿te imaginas las veces que Dios ha tenido que ceder para aguantarte a ti, las veces que ha tenido que ceder ante tu libertad? Pues, fíjate… que Dios no está todavía harto de ti. Te aguantará cuantas veces sea necesario.

Dices: ¿no tengo también yo derecho al descanso? Derecho, no. Tienes obligación de descansar. Para ello, Dios te ha regalado al menos un día entero a la semana. El domingo. ¿Ya descansas ese día?

Dices: uno ya no puede tener fe en nadie. Claro, te engañan hasta los amigos. Pues, sí, es posible que hasta los amigos te engañen. ¿Por qué no haces como Dios? Sabe que queremos engañarlo con nuestros cuentitos y Él no se los cree. Sabe que en el fondo somos buenos chicos.

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