Hoja Parroquial

Domingo 34 – C | Jesucristo, Rey del Universo | 24 de noviembre del 2019

Burlarse de lo esencial

Celebramos el último Domingo del Año Litúrgico con la festividad de Cristo Rey. El título puede sonar muy solemne; sin embargo, nosotros lo tomamos poco en serio. Este año leemos el Evangelio de Lucas que nos narra las burlas que le hacemos mientras cuelga de la Cruz.

Unos le toman el pelo, otros menean la cabeza en señal de burla, y otros lo retan y desafían. Un rey al que nadie quiere reconocer. Tal vez sea esa la única manera de ser rey en el Reino de Dios.

Quisiéramos un rey solemne sentado en su trono. Confieso que no me gustan esas estampas con un Jesús con una gran corona real, sentado en un trono real porque esa no es la realeza que nosotros celebramos.

Nosotros celebramos una realeza nueva. La realeza no del que está arriba, sino del que está abajo. No del que quiere ser el primero, sino del que ha hecho opción por  ocupar el último lugar. Ya lo había dicho Él: “El que quiera ser el primero que sea el último.” “Los últimos serán los primeros.” La realeza que celebramos es la de servir, la de ponerse el servicio de todos. Jesús se levanta de la mesa y se pone a lavar los pies de los discípulos. Pedro se niega, porque ese era oficio de sirvientes, de esclavos.

Esta es la realeza de dar la vida por los demás. Cosa que no pega mucho con el concepto de realeza que nosotros tenemos.

Por eso, cuantos lo ven colgado de la Cruz lo único que hacen es tomarle el pelo, burlarse de Él. Es lo que hizo también Herodes a quien le gustaba el espectáculo y el circo.

Nos cuesta aceptar una realeza colgada de la Cruz. Nos resulta difícil a nuestros sentimientos ver a Jesús reinando desde la Cruz. Vivimos un momento en el que la religión ya se ha convertido en un motivo de sonrisa maliciosa. Como si la religión estuviese perdiendo valor y los valores religiosos perdiesen su valor. Cuando perdemos el sentido de lo religioso, es difícil que tengamos un verdadero sentido de Dios. Sin embargo, ahí está, Jesús colgado de la Cruz como centro de la historia y de la vida.

La Cruz del camino

Si llevas una Cruz colgada al cuello, no olvides de llevar a tus hermanos crucificados dentro de tu corazón y sobre tus espaldas para ayudarles a hacer más llevaderas sus propias cruces.

La Cruz no es redentora por tener que aguantarla, soportarla, sino porque somos capaces de aceptarla. Si la aguantas, ella te vencerá. Si la aceptas libremente, tú la vences. La haces camino en tu camino.

La Cruz no es para quedarse con ella, sino para hacerla camino. La Cruz que no te lleva a la esperanza, a la libertad, a la Pascua, no es Cruz cristiana, sigue siendo cruz pagana porque sigue siendo eso, sólo cruz.

La Cruz de Jesús nunca es el final sino un camino: camino al Padre y camino hacia el hombre, a la vida. Camino al triunfo. Los caminos no son para quedarse en ellos, sino para caminarlos y llegar lejos.

A ti no te gusta la cruz, a Jesús tampoco. Hasta pidió al Padre que se la quitase del camino, pero las cosas no valen por el gusto que tienen para uno, sino por su capacidad de hacerles diferente.

La Encarnación te habla de acercamiento de Dios al hombre y a todo lo humano. La Cruz te marca la distancia entre lo humano y lo divino. La Encarnación te dice: “Estás en el mundo.” La Cruz te grita: “¡No eres del mundo!”

La Cruz no significa para Jesús un haber tenido mala suerte, sino un haber abierto un camino diferente. No fue mala suerte, fue consecuencia de un modo de vivir.

La Cruz en el camino te marca la dirección hacia donde camina tu vida.

Le pedimos los imposible

A Jesús le piden lo imposible. Es de las pocas cosas que Jesús no puede hacer.

Le piden “que baje de la Cruz”. Algo que Jesús no puede hacer, porque renunciaría a ser fiel hasta el final.

Le piden que se “salve a sí mismo”. Algo que Jesús no puede hacer, porque Él no ha venido a salvarse a sí mismo sino a salvarnos a nosotros. Jesús prefiere nuestra salvación a liberarse de la muerte.

Además le piden “que baje de la Cruz si es Hijo de Dios”. Jesús no puede hacerlo porque sería renunciar a su condición de hijo.

Jesús no puede bajar de la Cruz porque entonces sería renunciar a su condición de crucificado.

Jesús no puede bajar de la Cruz, porque entonces dejaría de amarnos hasta entregar a su vida por nosotros.

Jesús bajará de la Cruz cuando haya muerto, mientras tanto la Cruz será su lugar y será la mejor palabra que pueda decirnos: “Así se ama.”

Quisiéramos un Jesús sin cruz porque quisiéramos una vida cristiana sin ella. Una vida sin cruz no sería una vida cristiana. ¿Qué les diríamos a los crucificados de hoy?

El Papa proclama la cruz

En su primera homilía, el Papa Francisco, dijo algo esencial y clave para la Iglesia y para poder evangelizar con autenticidad.

“Este Evangelio continúa con una situación especial. El mismo Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: “Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo. Yo te sigo, pero no hablemos de Cruz. Esto no cuenta.” “Te sigo con otras posibilidades, pero sin la Cruz.”

Cuando caminamos sin la Cruz, cuando edificamos sin la Cruz y cuando confesamos un Cristo sin Cruz, no somos Discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor. Quisiera que todos, luego de estos días de gracia, tengamos el coraje – precisamente el coraje: de caminar en presencia del Señor, con la Cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, que ha sido derramada sobre la Cruz; y de confesar la única gloria, Cristo Crucificado. Y así la Iglesia irá adelante.

Deseo que el Espíritu Santo, la oración de la Virgen, nuestra Madre, conceda a todos nosotros esta gracia: caminar, edificar, confesar a Jesucristo. Así sea.”

¿Será la Iglesia que aceptar este reto del Papa? ¿Sería la única manera de realizarse como Iglesia? El Papa, Cardenales, Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, estamos llamados a aceptar este misterio de la cruz si queremos ser discípulos de Jesús.

La Cruz, espejo de Dios y del hombre

Cuando mires a la Cruz trata de mirar más allá de la Cruz, trata de ver más allá del dolor, descubre más bien al nuevo hombre y al nuevo rostro de Dios. Jesús no es ningún campeón olímpico del dolor, sino la revelación suprema del amor y de la vida.

¿Quién eres tú, visto desde la Cruz? Es posible que seas alguien al revés de lo que estás siendo y quieres ser. Débil, en vez de poderoso. Frágil, en vez de fuerte. Pobre, en vez de rico. Debilidad que es la fuerza del poder de Dios. Fragilidad que es la fortaleza de Dios. Y pobreza que es la riqueza de Dios.

Los hombres se miden unos a otros por su poder, por su fortaleza, por lo que tienen. Por eso viven discutiendo, luchando, matando. El hombre revelado en el Crucificado: ama, sirve, se da por los demás. Es otra manera de ser hombre.

Jesús Crucificado es la crítica y la justicia de Dios al poder y al tener. Su muerte demostrará la inutilidad y la fragilidad y peligrosidad del poder humano.

Al poderoso le tememos, no lo amamos. Lo adulamos porque lo necesitamos. Dios no necesita aduladores, quiere ser amado. Por eso el Dios revelado en el Crucificado es el Dios despojado, al que sólo se le busca porque se le ama.

La venganza del poder es dominar y someter. La venganza del amor del Crucificado es atraer hacia sí a quienes incluso lo rechazan. La victoria del amor es renovar y revivir a los enemigos.

La Cruz de Jesús no es una lección para sufrir bien, sino el modelo y la exigencia de vivir mejor. No es para los días de dolor, es para los días que hay que vivir.

Me gustan los desafíos

Hay quienes buscan siempre el camino de lo fácil.
Sin embargo, el camino de Jesús tuvo bien poco de fácil, fue siempre difícil.
Hay quienes buscan hablar de Dios allí donde todos creen en Él.
A mí me gusta que alguien hable de Dios allí donde Dios parece estar de sobra.
Hay quienes buscan confesar su fe allí donde todos la confiesan.
A mí me gustan esos que confiesan su fe donde los hace extraños y raros y que la gente los mira como especies en extinción.
A Jesús no le fue nada fácil anunciar el Evangelio, siempre tenía espías que estaban atentos a lo que decía.

A nosotros nos toca anunciar el Evangelio, aunque nos consideren raros y extraños.
Los primeros cristianos no predicaron el Evangelio entre creyentes sino entre paganos y gentiles. No les fue nada fácil. La prueba la tenemos en la cantidad de mártires de los primeros siglos, precisamente por romper con los ídolos y anunciar el Evangelio de Jesucristo.

Claro que solo es posible arriesgarse a aquello en lo que se cree de verdad y de corazón. Con dudas, con indecisiones, no será fácil proclamar nuestra fe en climas y ambientes hostiles. Pero es ahí a donde tenemos que ir y no quedarnos al calorcillo de las misas dominicales. Por eso mismo Jesús nos considera “como ovejas”, pero no pastando con el resto del rebaño, sino entre lobos. También hoy son muchos los que encuentran lobos en el camino. Los peores lobos, aunque parezca mentira, suelen ser aquellos mismos creyentes que no viven de su fe. ¿Acaso el ambiente en tú vives está dispuesto a escucharte si hablas de Dios, de la Iglesia y del Evangelio? Se dicen creyentes, pero puede que sean los primeros en escucharte con una sonrisita maliciosa. La Iglesia pareciera que tiene que pasar por las cuatro estaciones y hay momentos en los que el invierno se prolonga más que la primavera.

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