Consejos a los Enfermos

Queridos enfermos: 

Quiero contar con vuestra benevolencia y comprensión porque dar consejos los enfermos solo los puede dar alguien que está enfermo. Sólo el enfermo puede hablar de algo desde la realidad y yo, de momento, la única enfermedad que tengo soy mis años.

Pero aún así quisiera, mejor dicho, me atrevo a deciros algo:

– Que su enfermedad no sea nunca más que ustedes mismos.

¿Acaso el terno más importante que quien lo lleva?

– Que su enfermedad sea como su apellido pero nunca su nombre.

Porque el apellido lo heredan por el nombre es lo que los define como personas.

– Que su enfermedad no sea nunca motivo para manipular a los demás.

Porque hay enfermos que son muy buenos administradores de su enfermedad para tener a todos pendientes de ellos.

– Que, a pesar de estar enfermos, no dejen de hacer aquello que puedan hacer.

No se den por derrotados, traten de seguir siendo útiles no tanto porque los demás necesiten de su esfuerzo sino porque son ustedes los que necesitan sentir que aún no han muerto.

– Que, hasta donde les sea posible, no traten de que los demás estén pendientes de ustedes sino que demuestren que ustedes mismos siguen teniendo fuerzas para valerse por sí mismos.

– Que, en todo caso, tengan también la suficiente humildad para aceptar los servicios de los demás. Porque, hay que decirlo, así como hay enfermos manipuladores, también hay enfermos que sienten un orgullo muy fino y no se dejan ayudar por los demás.

– Que no pierdan el valor de su sufrimiento. Porque aunque el sufrimiento en sí mismo no es nada bueno, la actitud que asumamos frente al sufrimiento puede ser de gran valor para los que se creen sanos y se quejan y lamentan de cualquier tontería.

– Que no se olviden que a Jesús nunca lo vimos enfermo, es cierto, pero sí lo vimos sufrir mucho, física y sicológicamente. Y siempre pudimos verlo sereno y seguro.

– Que cuando sufrís, no lo hagáis solos. Unid vuestro sufrimiento a los de Jesús. Haced un pequeño cóctel con vuestros sufrimientos y los suyos.

– Que, como Jesús, no sufráis inútilmente sino que sepáis ofrecer vuestros sufrimientos por el mundo, por la Iglesia, por vuestros familiares y por todos los demás que sufren.

Bueno, ya sé que me vais a decir: “Padrecito, eso es muy bonito, pero ¿usted lo ha experimentado alguna vez?” Y tenéis toda la razón.

Vuestro hermano,

Clemente Sobrado C.P.