Aquella tarde jugando cartas

Queridos amigos ancianos:

Estaba yo de vacaciones en mi pueblo… bueno, perdón, las cosas por su nombre, “mi aldea”. Pero es una aldea muy simpática. ¡Qué lindas son las aldeas, a diferencia de las ciudades! Tiene una taberna y un salón de encuentro hecho por la Municipalidad. Allí se juega al dominó, al ajedrez, al parchís y a las cartas. Allí se pasan sus horas entreteniéndose entre sí los viejos.

Esa tarde acerté a pasar por delante y entré. Todos muy solemnes, porque ya saben que en las aldeas la gente da mucha solemnidad a las cosas, me saludaron a una: “Buenas tardes, Dn. Antonio.” ¡Qué mal me cayó aquello de “Don” si, al fin y al cabo, todos ellos habían sido compañeros de escuela. Claro que el campo los había maltratado más que a mí la vida.

Uno de ellos, hasta con la fuerza que suele dar en esos casos una palabrita más alta, pidió una ronda de tragos, estaban jugando a las cartas, pero aquello se llamaba jugar. No se pasaban una. Discutían como si discutiesen una artículo de la fe, y de cuando en vez, eso sí, la lisurita de “carallo”. Que nadie piense mal, es una palabra bastante inocente.

Me senté al lado de ellos. Se me pasó el tiempo sin yo mismo darme cuenta. Mis primos me andaban buscando. Lo menos que se imaginaron que este cura estuviese divirtiéndose, riéndose y contando algún  que otro chistecito, y  tomando un traguito con los viejos. Cuando les dije que me lo había pasado fenómeno no me lo creían, pero debo confesarlo que me lo pasé bien.

Sentí lo fácil que es dar una alegría a la gente de edad avanzada, que no se requieren grandes cosas, que bastan unas cartas para jugar “al tute” y basta un basito de vino corriente para hacerles sentirse felices los unos con los otros. Al fin y al cabo, lo que ellos buscan es no quedarse solos, sentir y experimentar la compañía de los demás.

Ahora que recuerdo aquello, me pregunto: ¿En la ciudad no será posible crear estos lugares de encuentro para que la gente mayor pueda pasar las tardes del invierno? ¿Tanto cuesta levantar esos pequeños centros de encuentro?

Lo bueno que tiene la gente mayor es que no es exigente, como pudieran serlo los jóvenes, se contentan con poco, son gente de poco consumo pero de un profundo disfrute de la vida. Verlos jugar, divertirse, hasta fastidiarse si pierden, porque eso sí, no les gusta perder, resulta una manera maravillosa y humanizante de la gente de la tercera o cuarta edad. ¿Tan fácil y tantas dificultades? No tenemos perdón.

Se despide su amigo,

Clemente Sobrado C.P.