Ancianos, ¡qué falta nos hacéis!

Queridos ancianos:

Puede que muchos digan: “Ancianos, ¡cuánto estorbáis!” Nosotros preferimos decir: “Ancianos, ¡qué falta nos hacéis!” Una familia sin niños, es una familia demasiado triste, es como una jaula sin canarios. Pero una familia sin ancianos, como que también le falta algo. Le falta una de sus dimensiones.

Los ancianos ocupan un espacio en la vida de relación de la familia, que sólo ellos pueden llenar. Los niños necesitan del amor de papá, mamá y hermanos , pero también necesitan ese otro amor tierno, suave, hasta caprichoso y contemplativo de los ancianos. Los ancianos, digamos los abuelos, son como una especie de compensación entre el amor de los padres y el amor de los hermanos. Establecen como un equilibrio necesario para el desarrollo del niño.

El niño necesita de cierta firmeza mezclada de ternura por parte de los padres. Necesita el amor y el cariño de los hermanos en una fraterna competencia para ocupar los espacios familiares, pero luego necesitan de esa especie de válvula del abuelo, del anciano, que ofrece una serie de compensaciones que marcan el equilibrio.

Y si ya pasamos al plano de la fe, ¡qué falta nos están haciendo los ancianos! Los padres, sobre todo los padres jóvenes, son parte de la crisis de fe en la familia. Por ahí comienza a romperse la línea transmisora de la fe de la familia. Los ancianos, aún pertenecen a la generación anterior a la crisis, ellos son los que, de alguna manera, suplen las carencias de los padres en la educación de los sentimientos religiosos de los nietos.

Con frecuencia observo que son los ancianos los que acompañan a los niños a la misa dominical. En una ocasión le preguntaba a una niña ¿quién la había traído a la misa? Y con la mayor naturalidad me respondió: “El abuelo y la abuela. Papá trabaja mucho y los domingos descansa y por eso no viene a Misa.”

Un niño de once años que está sin bautizar vino un día a Misa traído por la abuela. Le gustó la Misa. Al salir le dice: “Abuela, qué bonita estuvo la misa. Ya estoy viniendo contigo muchos domingos y me encanta, pero sabes que yo no puedo comulgar porque no estoy bautizado. ¿Podría bautizarme sin que se enteren mis papás? ¿No le podrías decir al padrecito si me puede bautizar?.”

Ya veis, aquí los ancianos no son unos estorbos, al contrario, son como una especie de baypass, llamados a suplir toda una serie de carencias por parte de los padres. Por eso, cuanto más vamos aislando a los niños de los viejos, tanto más los estamos desprotegiendo de tantas deficiencias por parte de los padres.

Sí, os necesitamos. No creáis a quienes os consideramos un estorbo. Creer en vosotros mismos y en que vuestra misión aún no ha terminado en la familia. No solo sois útiles, sois necesarios. Hace unos meses, murió el abuelo de una familia muy conocida mía. Muchas veces les había escuchado decir: “El abuelo es un problema en casa.” Pasados unos días, me comentaban: “¡Qué vacío ha dejado el abuelo! Sentimos como si la casa estuviese vacía. Él llenaba mucho espacio, que ahora nadie ocupa.”