Hoja Parroquial

Domingo 7 – A | Amar a los enemigos
Domingo 23 de febrero del 2020

¿Y nosotros a quienes amamos?

Todos decimos amar mucho, pero a quiénes amamos en realidad. Echemos una mirada en torno a nosotros y nos daremos cuenta de quiénes son aquellos a quienes ama nuestro corazón.

Yo no me atrevería a decir que si alguien me da una bofetada, le ponga la otra mejilla. ¿Sería capaz de no responderle? No. Eso no es cobardía como algunos piensan. Cobardía es pegar al otro. Valentía es detener nuestra mano y no devolverle un puñete.

¿Qué, alguien te ha hecho daño?
¿Serías capaz de seguirle amando a pesar de todo?
¿Qué, alguien no te habla?
¿Serías capaz de saludarle amablemente?
¿Qué, alguien te pone una cara  amarga?
¿Serías capaz de sonreírle?

  1. Guiton, filósofo francés, decía en una conferencia, allá por 1955, que los problemas de una época se conocen por las palabras que más se utilizan, las cuales son una señal de que su contenido está en crisis, y daba una razón. Hoy todo habla de amor: películas de amor, libros de amor, charlas de amor. ¿No será una clara señal de que el amor está en crisis entre nosotros?

Basta abrir los periódicos para darnos cuenta de los resentimientos y hasta rencores y venganzas de los unos con los otros. Bastaría examinar todo lo que se dice y escribe en este tiempo de elecciones, para darnos cuenta de cómo cada uno trata de sacarle la mugre al otro para desacreditarle y restarle votos.

El verdadero amor no puede tener ni fronteras políticas, ni fronteras de enemistad, ni fronteras de status social, ni fronteras de intereses particulares.

Jesús no se mete a solucionar los problemas que nosotros mismos nos armamos, pero sí nos marca el camino para que esos problemas no existan: el amor a todos.

Para el verdadero amor no existen amigos y enemigos, no existen colores ni culturas. Sin embargo, nosotros preferimos solucionar los problemas con las armas, con la pena de muerte o, simplemente, con el odio y la enemistad. Jesús nos manda amar a todos, no excluir a nadie, y además nos dice que una de las señales que de “somos hijos de Dios” es si amamos a aquellos que nos caen mal o nos han hecho algún daño. En el diccionario de Dios no existe la palabra “enemigo”, sólo existen las palabras de “hijos”, “hermanos”, “amigos”. Por supuesto, que tampoco existe las palabras “odio”, “no hablarnos”, pero sí existe con letras mayúsculas: AMOR.

No basta decir “yo amo”

Para saber si amamos de verdad tendremos que preguntarle al otro o a los otros “si se sienten amados”. Un marido se lamentaba ante un psicólogo de que no entendía porqué su esposa le había pedido la separación y el divorcio, cuando él se sentía muy bien en el matrimonio. El psicólogo le respondió: “Usted se sentía bien en su matrimonio, pero se preguntó alguna vez si también ella se sentía bien. Es posible que usted estuviese muy tranquilo y feliz, pero no le importó saber si ella también se sentía amada realmente por usted.”

Bella respuesta. No basta pensar que yo amo, lo importante es saber si los demás sienten lo mismo. La verdad de nuestro amor son los otros, “los amados”.

¿La esposa se siente amada? ¿El esposo se siente amado? ¿Los hijos se sienten amados? ¿Tus hermanos y vecinos se sienten amados?
Cuántos esposos se atreverían no a preguntarle a la esposa: me amas, sino te sientes amada. Igual pregunta tendrían que hacer las esposas.
Decimos que amamos a los hijos, pero les han preguntado si realmente se sienten amados de verdad.

Porque puede que lo que nosotros entendemos por amor no sea el amor que ellos necesitan o esperan de nosotros. Noto que entre los esposos existen demasiadas preguntas: “¿Todavía me amas?” Pero observo que apenas se preguntan el uno al otro si se sienten amados. Y ese es el verdadero test del amor.

Se necesita aquí de mucha sinceridad porque, con frecuencia, para no crear mayores problemas la respuesta es “si”, aunque en el corazón estamos diciendo “no”. Así nunca se podrá solucionar los problemas ni habrá posibilidad de que el otro cambie.

Un Dios útil o un dios amor

Tendríamos que preguntarnos por qué amamos a Dios. Es posible que las respuestas sean muy variadas. Sin embargo, la pregunta es fundamental porque nuestro amor no es sino un don y una participación en el amor de Dios. Amamos porque somos amados. Amamos porque primero Dios nos ama a nosotros.

El problema está en que para muchos de nosotros es posible que amemos a Dios “en cuanto garantiza nuestra felicidad y no precisamente porque sea Dios, sino porque nos resulta útil”.

Es cierto que Dios nos ama, pero el amor de Dios no es para estar pasivos y dejar que él lo haga todo por nosotros. “Dios quiere que obtengamos el paraíso, pero también aquí tendríamos que decir con el sudor de nuestra frente”, es decir, con el esfuerzo de cada día, con la lucha de cada día. Dios nos ama gratuitamente, es cierto, pero Dios tampoco crea perezosos. Dios quiere que seamos nosotros quienes con nuestro trabajo transformemos el mundo y le arranquemos los frutos para poder sobrevivir, pero también quiere que el cielo, la salvación, que son un regalo suyo, sean fruto del sudor de nuestra alma en sus luchas diarias de fidelidad a su amor y a su gracia.

Dios no es como esos padres que todo se lo dan hecho a sus hijos. Dios nos ama hasta el extremo de dar su vida por nosotros, pero no nos salva sin nosotros. También nosotros tenemos que poner nuestro granito de amor. Con Dios no vale eso de que “a mí que me lo den todo hecho y masticado”. Dios prefiere darnos fuerzas y energías para que nosotros lo hagamos todo como si Él no hiciese nada. Por eso, nosotros no podemos amar a Dios “por sernos útil, sino porque Él nos amó primero”. El verdadero amor no crea perezosos, sino dinamismos en nuestros corazones, para que también nosotros amemos como Él nos amó.

Nos parecemos demasiado

Mientras escribía esto estaba escuchando RPP Noticias. Estaban dando la noticia de que esta mañana dos sicarios mataron de cinco balazos a un pequeño empresario que se negaba a pagar no sé cuanto para que le respetaran a él y a su negocio. Por la tarde, la policía ya los había capturado y los tenía dentro de la Comisaría con la Fiscal, pero el problema estaba fuera. El comandante estaba reclamando el envío de más policías porque el pueblo se había amotinado y amenazaba con incendiar la Comisaría si no les entregaban a los dos asesinos. Querían ser ellos mismos los que hiciesen justicia matándolos con sus propias manos.

Asesinar a los asesinos. Matar a los que mataron. Claro humanamente, en parte  tenían su razón, pues sabían que la justicia los iba a dejar libres. Entonces, ellos querían ser los jueces que los condenasen a muerte con sus propias manos.

No les justificamos, aunque tenemos que darles también su parte de razón, pero matar… Tenemos con reconocer que  en el fondo, todos llevamos un asesino dentro. Matar a los que mataron. Asesinar a los que asesinaron. Al fin y al cabo, todos con los mismos sentimientos dentro. Tal vez tengan su atenuante viendo como la justicia no hace justicia. No tienen atenuante haciendo lo que ellos mismos hicieron. Así no vamos a cambiar el mundo, por más que terminemos con los asesinos, porque en nuestros corazones quedan otros asesinos, por más que les llamemos “justicia”.

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