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DOMINGO 17 - A / 30 de julio del 2017

 
   

SOLO ENCONTRAMOS LO QUE NOS INTERESA

 
   

 

 

 
     
     
   

Pero no un tesoro escondido, un tesoro que es preciso encontrar. El Reino de Dios no es algo que está en las vitrinas de los grandes comercios y que uno puede comprar incluso con tarjeta de crédito.

Resulta curioso. El dueño del campo tiene el campo, pero ignora que en él exista un tesoro. Es que muchas veces, el tesoro lo tenemos en el mismo corazón y no lo vemos. Lo tenemos en nuestra propia casa y no lo sabemos. Con frecuencia, Dios está ahí, a nuestro lado, y no somos capaces de reconocerlo. Posiblemente, muchos trabajaron ese campo y vieron todo, menos el tesoro. El dueño habrá sembrado muchas cosechas, recogió su trigo, pero se olvidó de lo más importante, el tesoro que escondía su campo.

El Reino de Dios hay que encontrarlo, descubrirlo. Con frecuencia, no es que esté escondido. Está a la vista, pero hay que tener ojos para verlo. Hay que tener un sentido de observación para darse cuenta.

Es linda la frase de Jacob aquella noche que luchó con Dios, sólo al amanecer se dio cuenta de que había luchado con Él y recién entonces exclama: “Dios está aquí y yo no lo sabía.”  ¿No es esto mismo lo que nos sucede a cada uno de nosotros?

Tenemos a Dios dentro de nosotros mismos y no nos enteramos de que está allí.
Tenemos a Dios en la Eucaristía, ahí está todos los días, y casi no nos enteramos.
Tenemos a Dios presente en cada uno de nuestros hermanos y pasamos delante de ellos como si fuesen para nosotros unos extraños.

Tal vez no lo vemos porque Dios no nos resulta suficientemente interesante como fijarnos en Él, porque aquello que nos interesa lo vemos con facilidad. ¿Recuerdas aquel sordo que caminaba por las calles de Londres? A alguien se le cayó un chelín al suelo. Nadie lo percibió, pero el sordo se detuvo y pidió si alguien le podía recoger el chelín que él dijo se le había caído. Era sordo, pero para lo que quería escuchaba muy bien. Nadie había escuchado el rodar del chelín y el sordo lo escuchó.

Esto es lo que nos sucede con frecuencia con Dios. Como no lo vemos como algo importante, como no lo sentimos que algo que pueda ser el centro y el sentido de nuestra vida, terminamos por no enterarnos de Él. No lo descubrimos. No lo escuchamos. No lo vemos.

No vemos al hermano, porque no nos interesa. No vemos al prójimo porque no nos interesa. Sólo se encuentra lo que se busca. Lo que no se busca no lo vemos aunque lo tengamos en las narices.
 
         
     

NECESITAMOS CRISTIANOS ILUSIONADOS

¿Usted se animaría a formar parte de un “Club de Aburridos o Cansados y Resignados”? Confieso que personalmente no lo haría, me encanta la fiesta y me encanta la gente feliz y alegre.

La parábola de hoy Jesús “nos describe al creyente como un hombre sorprendido por el hallazgo de un gran tesoro e invadido por el gozo arrollador que determinan en adelante su conducta”.

Es que el cristiano debiera vivir en constante asombro por haberse encontrado con un Dios amor, un Dios Padre. El cristiano debiera vivir en constante asombro por haber recibido el don del Bautismo y de la fe. Las parejas debieran vivir en constante asombro sintiendo que Dios ha bendecido su amor y los ha convertido en el mejor signo para expresar su amor a la humanidad. Todos debiéramos vivir el asombro de la bondad de Dios que cada día está dispuesta a perdonar y olvidar nuestros pecados en el sacramento de la confesión.

¿Acaso no son todas estas realidades un verdadero tesoro que muchos no han descubierto todavía y siguen viendo a Dios como algo extraño a sus vidas?

¿Acaso no debiéramos sentir el gozo, la alegría y hasta el asombro de saber que a Dios lo puedo visitar en cualquier momento en el Sagrario, sin pedirle cita previa, sabiendo que siempre tiene tiempo para escucharnos?

Necesitamos cristianos marcados por la alegría porque sólo la alegría hará más creíble nuestro anuncio del Evangelio. La sola alegría de nuestra fe será una invitación a que también los demás sientan ganas de creer. Nuestra alegría pudiera ser el camino por el que muchos lleguen a sentir que Dios “debe ser importante”.
 
     
         
     

LA ALEGRÍA DEL CRISTIANO

Quisiera equivocarme, pero creo que son pocos los que viven con gozo y con alegría su fe cristiana. Más bien diría que la vivimos con cierta resignación, nos falta esa alegría y ese optimismo. Todo porque no hemos descubierto la riqueza y la belleza de nuestro ser cristiano.

El que encontró el tesoro, dice el Evangelio, se fue corriendo a casa y vendió todo lo que tenía “con alegría”. No le importó desprenderse de todo, con tal de conseguir algo que para él era importantísimo.

Mientras no descubramos la importancia de la fe, seremos unos creyentes como obligados.
Mientras no descubramos el verdadero valor de la Iglesia, seremos unos miembros que habitamos en la Iglesia como quien vive en un hotel, pero que no la siente como su propia casa y su propio domicilio, como su hogar.
Mientras no descubramos la belleza del matrimonio, de la familia y del hogar, viviremos en él, pero como quien tiene que seguir adelante, pero sin la alegría del verdadero amor.
Mientras no descubramos la belleza del amor de la esposa o del esposo, seguiremos juntos aguantándonos como podamos.

¿Por qué nos cuesta tanto la fidelidad conyugal? ¿No será porque no hemos descubierto el amor verdadero como el tesoro y el sentido de nuestras vidas?
¿Por qué nos cuesta tanto regresar al hogar y preferimos quedarnos hasta tarde con los amigos?

¿No será porque no hemos descubierto el verdadero tesoro del calor de hogar y de familia?
¿Por qué nos cuesta tanto aceptar los criterios de la moral cristiana?
¿No será porque no hemos descubierto la verdadera belleza del Evangelio?
“Donde está tu corazón allí está tu tesoro.”

 
     
         
     

LOS PÁRROCOS, ANIMADORES DE UNA COMUNIDAD MISIONERA

“La renovación de la parroquia exige actitudes nuevas en los párrocos y en los sacerdotes que están al servicio de ella. La primera exigencia es que el párroco se un auténtico discípulo de Jesucristo, porque sólo un sacerdote enamorado del Señor, puede renovar una parroquia. Pero, al mismo tiempo, deber ser un ardoroso misionero que vive en constante anhelo de buscar a los alejados y no se contenta con la simple administración.” (Aparecida n. 201)

La renovación de las parroquias no puede ser fruto de simplemente cambiar al párroco o de crear nuevas instituciones. Una parroquia cambia cuando el párroco es verdadero discípulo de Cristo. No es el cambio de párroco, sino el cambio de actitudes del párroco y de sus sacerdotes.

Al mismo tiempo, el párroco tiene que ser “ardoroso misionero”. Lo que implica que vive en “constante anhelo de buscar a los alejados”. El párroco no puede quedarse en la simple administración del Despacho parroquial, para eso están las Secretarias de la Parroquia, él está llamado a salir a buscar a los alejados, a los que no vienen al Despacho, a los que no van a su Parroquia.

Con frecuencia, pensamos que el problema está en las demarcaciones geográficas de las parroquias. Es cierto que la demarcación geográfica puede tener su importancia, pero lo verdaderamente importante es el “cambio de actitudes y de mentalidades de quien está al frente a la Comunidad Parroquial.

 
     
         
     

TERAPIAS FÁCILES Y BARATAS

¿Estás triste? Sonríete a ti mismo en el espejo.
¿Estás preocupado? Sonríe recordando algo bonito.
¿Estás cansado? Sonríe a los que ves fatigados.
¿Estás sin ganas? Sonríele a la vida.
¿Estás aburrido? Distráete sonriendo.
¿Estás estresado? Dedícate un rato a sonreír.
¿Estás de mal humor? Detente un momento y sonríe.
¿Estás con ganas de fastidiar a alguien? Primero sonríe.
¿Estás con ganas de gritar a alguien? Primero sonríe.
¿Estás con ganas de pegarle a alguien? Antes sonríe.
¿Estás sin ganas de rezar? Comienza por sonreír.
¿Estás sin ganas de ir a Misa? ¿Por qué no te sonríes?

¿Quieres llamar la atención a tus hijos? Primero sonríe.
La sonrisa es barata, no cuesta dinero.
Puedes sonreír siempre y en cualquier lugar.

¿Quieres hacer la prueba? ¡Sólo una prueba!
Es una medicina muy eficaz,
además no tiene efectos secundarios.

 
     
         
     

PREGUNTAS INQUIETANTES

¿Cuánto estarías dispuesto a vender con alegría para vivir el Evangelio?
¿Qué estarías dispuesto a vender con alegría para que Dios sea el centro de tu vida?
¿Qué estarías dispuesto a vender con alegría para que Dios sea el que da sentido a tu vida?
¿Cuánto estarías dispuesto a vender con alegría  para vivir tus compromisos bautismales?
¿Cuánto estarías dispuesto a vender con alegría para vivir las exigencias del Evangelio en tu vida?
¿Cuánto estarías dispuesto a vender con alegría para vivir testimoniando tu fe ante tus amistades?

¿Cuánto estarías dispuesto a vender con alegría para hacer de tu hogar en nido de amor y de paz y de armonía?
¿Cuánto estarías dispuesto a vender con alegría para hacer feliz a esposa o a tu esposo?
¿Cuánto estarías dispuesto a vender con alegría para que tus hijos te tengan siempre cerca de ellos y tengas tiempo para ellos?
¿Cuánto estarías dispuesto a vender con alegría para reconciliarte con tus hermanos?
¿Cuánto estarías dispuesto a vender con alegría para que los demás sean más felices?

El hombre de la parábola “se fue y vendió todo lo que tenía” para comprar el campo”.

 
 

   

 

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