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CUARESMA 4 - A / 26 de marzo del 2017

 
   

¿QUIÉN TIENE LA CULPA?

 
   

 

 

 
     
     
   

El problema de siempre. ¿Quién es el culpable? Frente al pobre ciego de nacimiento, los mismos discípulos preguntan: “¿Quién pecó, éste o sus padres?” No les interesaba tanto la realidad del ciego, ni le dicen “Señor tú puedes hacer que vea”. No lo importante es saber quién es el culpable.

De ordinario, nadie se siente culpable y tampoco se hace crítico para ver qué responsabilidad le toca. Lo normal es hacer responsables y culpables de todo a los demás.

¿Por qué hay todavía tantos que no conocen el Evangelio? La culpa no es mía. Es de la Iglesia, del Papa, los Obispos o los sacerdotes.
¿Por qué hay tantos cristianos que abandonan la Iglesia? La culpa no es de ellos. Tampoco es mía. Es de la Iglesia.
¿Por qué tenemos tantos contagiados con el Sida? La culpa la tiene el Ministerio de Salud o la sociedad. Pero yo soy inocente.
¿Por qué hay tanto niño abandonado en la calle durmiendo bajo los puentes en cualquier rincón que los proteja del frío? Yo por supuesto no. Eso es culpa del Gobierno.
¿Por qué la gran masa de cristianos no asiste a misa? Yo por supuesto que no tengo la culpa. Es de ellos y, en todo caso, de los sacerdotes que son aburridos en sus prédicas.
Desde que el comunismo y el psicoanálisis nos han despersonalizado a todos. Ahora ya no existe responsabilidad personal. Ahora los responsables son siempre los otros. Sobre todo, eso sí, los padres. Hasta tu fracaso matrimonial se debe a tus padres que fueron esto o lo otro y tú no haces sino repetir su historia.

Lo bueno sí es cosa mía, pero ante lo malo yo soy inocente. Con estos criterios la conciencia personal se ha despersonalizado y se ha colectivizado. Hoy prevalece la conciencia colectiva por encima de la conciencia personal, prevalece la conciencia de la institución por encima de la conciencia de la persona. Por eso mismo, ahora ya no pecamos nosotros, ahora pecan los otros por nosotros. Peca la sociedad, no las personas. Esto es viejo. Hasta Adán le echó la culpa a la mujer y la mujer, que no quiere ser menos, le echó la culpa a la serpiente. Menos mal que la serpiente no habla, sino ¿a quién se la echaría?
 
         
     

ESTABA CIEGO Y NO VEÍA

Nunca había visto. Era ciego de nacimiento.
Se siente a gusto encerrado en las tinieblas.
Quien nunca ha visto la luz, no sabe lo que es.
Quien nunca ha visto los colores, no sabe lo que son.
Quien nunca los rostros, no sabe como son.
Y no siente necesidad de verlos.
Para él no existe más que la oscuridad.
Acostumbrados a no ver. Habituados a no ver.
Habituados a reconocer los caminos con el bastón.

Hasta diera la impresión de estar acostumbrado a ella.
No le pide a Jesús que le haga ver.
Es Jesús que lo encuentra y se da cuenta de su ceguera.

Estar acostumbrados a no ver a los demás.
acostumbrados a no ver el rostro de un niño.
acostumbrados a no ver el rostro del que sufre.
acostumbrados a no ver el rostro de Dios.
acostumbrados a no ver el cielo estrellado.
acostumbrados a no ver el sol.

Como nos hemos acostumbrado a vivir en la oscuridad:
La luz no nos dice nada.
El cielo no nos dice nada.
Las flores no nos dicen nada.
Dios no nos dice nada.
La gracia no nos dice nada.
El Evangelio no nos dice nada.
La Iglesia no nos dice nada.
Los demás no nos dicen nada.
Lo que no vemos no existe para nosotros.
Lo que no vemos no toca nuestro corazón.
Lo que no vemos no despierta deseos ni ilusiones.

Hasta que un día Jesús se hace luz en nuestras vidas.
Nos abre los ojos para que veamos.
Nos abre el corazón para que veamos.
Nos abre la mente para que veamos.
Nos abre el alma a la vida de la gracia.
Nos abre el corazón a Dios.

En este Cuarto Domingo de cuaresma:
Jesús quiere hacerse luz de los que no ven.
Jesús quiere hacerse luz de los que nunca han visto.
Señor ¿seré yo uno de esos ciegos que no ven?
Señor: necesito ojos nuevos.
Ojos que vean y te vean.
Aunque los demás se escandalicen.
Clemente Sobrado c.p.

 
     
         
     

SEÑOR, YO QUIERO VER

Pero quiere ver de otra manera.
Quiero ver como tú ves.
Quiero ver con tus propios ojos.
Que ven lo que otros no vemos.
Quiero ver con tus propios ojos.

Ver aun la oscuridad.
Ver más allá de la piel.
Ver más allá de las apariencias.
Ver aunque mis ojos lloren de tristeza.
Ver aunque mi corazón gima de dolor.
Ver aunque los demás no vean.
Ver aunque los demás me diga loco.
Ver aunque a veces tropiece.

Quiero ver tus caminos.
Quiero ver tu voluntad.
Quiero ver tus planes sobre mí.
Quiero ver mi presente y mi futuro.
Quiero ver más allá de la muerte.
Quiero ver desde ya las luces de eternidad.

¡Señor, préstame tu ojos, para ver!
Sé tú la luz de mi camino.
Sé tú la luz de mi vida.

 
     
         
     

UN CIEGO EN EL VATICANO

Cuenta José Luis Martín Descalzo una experiencia de cuando él estudiaba en Roma. Una noche, un amigo suyo le llamó pidiéndole un favor, acompañar a un amigo mejicano que quería ver el Vaticano. Pero hay un problema, le dice: “Mi amigo es ciego.”

José Luís se pasó la noche pensando cómo explicarle y enseñarle el Vaticano a un ciego, le estaban pidiendo un imposible.

Cuando se encontró el turista ciego, se saludaron amablemente. Y el ciego le dice sonriente. “No se preocupe. Usted vaya explicándome que yo tengo mi manera de ver.”

Hay ciegos que no ven con los ojos, pero ven mucho con el corazón.
Hay ciegos que no ven con los ojos, pero su mente les hace crear imágenes visibles.
Hay ciegos que no ven con los ojos, pero ven con el alma.

¿Acaso no somos todos ciegos delante de Dios?
Tampoco los ojos ven, pero el corazón lo siente.
¿Acaso vemos con los ojos a Jesús en la Eucaristía?
Pero la fe nos lo hace ver y sentir.
¿Acaso vemos con los ojos a Jesús en nuestros hermanos?
Sin embargo, la fe nos lo hace descubrir y experimentar.
¿Acaso ves con tus ojos tus propios pensamientos?
Y no obstante tú estás seguro de que piensas y tus pensamientos pueblas tu mente.

Hay muchas cegueras, pero también hay muchas maneras de ver.
Hay muchos que tienen ojos y no ven.
Hay otros muchos que no tienen ojos, pero sí ven.

 
     
         
     

¿TÚ SABRÍAS ESPERAR TANTO?

¿Has escuchado alguna vez la quinta sinfonía de Bruckner? Es bella. Pero como todo lo bueno tuvo muchos opositores. El autor sólo pudo escucharla en su primer estreno diecinueve años después de componerla. Mientras tanto Bruckner siguió escribiendo sinfonías. Algún día serían estrenadas y escuchadas.

¿Recuerdas a Gerald  M. Hopkings? Posiblemente el mejor poeta inglés de los últimos siglos. Algunos lo ha calificado de “el padre de la poesía moderna inglesia”. De él escribe José Luis Martín Descalzo: “Padres que murieron sin ver nacidos a sus hijos.” ¿Saben por qué? Nadie quiso publicar ni una sola de sus poesías mientras él vivía.

Bueno, yo me imagino que su nombre al menos, te suena. Es Teillhard de Chardín. Escribió como una veintena de libros que hoy son leídos en todo el mundo. Su obras  están traducidos como a quince idiomas  pero él no pudo publicar ni una sola línea mientras vivió.

Una más. Mozart escribió su Sonata 545 dos días después que una de sus hijas se muriera de hambre y mientras su esposa, en un balneario lo dejaba en ridículo coqueteando con todos y mientras él acudía a las casas de los ricos y así llenaba sus bolsillos de croquetas y bocadillos para poder comer los días siguientes.

Detrás de tantos triunfos, ¡cuantos dolores y penas se esconden! Detrás de muchos triunfos esconden su rostro infinidad de fracasos. Pero hay personalidades que no se estrellan contra el fracaso, sino que el fracaso mismo les da fuerza para seguir adelante y seguir luchando. Personalidades que no se rinden, sino que mueren “sin ver sus hijos” y que a pesar de todo se sienten padres. Detrás de tantas notas armoniosas, ¡cuánto dolor se esconde y cuanta esperanza se resiste a morir! ¿Tú resistirías tanto?
 
 

   

 

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