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DOMINGO 3 - B / 21 de enero del 2018

 
   

EL EVANGELIO, BUENA NOTICIA

 
   

 

 

 
     
     
   

El Papa Francisco nos regaló con la Exhortación “El gozo del Evangelio”. Y lo encabeza así. “Las alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre renace la alegría. En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos, para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar aminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años.” (EG 1)

Esta quiere ser la marca y señal de su pontificado. Una Iglesia abierta no a la desilusión. sino a la esperanza, tal como comenzó su predicación el mismo Jesús con una invitación a creer en el Evangelio y a la conversión.
Invitarnos a la conversión no es una noticia triste y pesada, sino gozosa, porque es invitarnos al cambio, a la novedad de nuestra vida, a que la realidad puede cambiar y que nosotros podemos cambiar de hombres viejos a hombres nuevos, de pecadores a santos.

La gran tentación de todos es resignarnos a la realidad. Nada puede cambiar. No puede cambiar el hombre. No puede cambiar la sociedad. No puede cambiar la economía. No puede cambiar nuestra suerte.

Jesús lo primero que nos anuncia es la posibilidad de cambiar porque eso es la conversión. Es un cambio de mentalidad, un cambio de valores, un cambio de actitudes, un cambio de modo de ver las cosas, un no resignarnos ni a lo que somos ni a lo que son las cosas. Por eso el Papa nos dice: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar con Él, de intentarlo sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque “nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor.”

La invitación al cambio, a la conversión es para todos. Por eso todos estamos llamados a esta novedad que Dios nos ofrece cada día. Convertirnos es revestirnos de la novedad del Evangelio, la novedad de Dios, es revestirnos de esa alegría del cambio, de que las cosas no tienen que ser lo que son sino que pueden ser de otra manera. Jesús no comienza su predicación hablándonos de lo mal que está el mundo, sino de lo maravilloso que puede ser el mundo, si nosotros nos dejamos transformar por su gracia y su Evangelio. Por eso llamamos al Evangelio “Buena Noticia” y como Buena Noticia tendremos que leerlo tanto en privado como cuando lo proclamamos en la Iglesia.
 
         
     

CUANDO JESÚS LLAMA

Jesús comienza una obra maravillosa, pero Él no la puede llevar a cabo solo. Necesita de nosotros, por eso llama a los hombres.

No hay razón para excusarse diciendo que tú eres poca cosa. El Papa Francisco dijo, hablando precisamente a propósito de los niños: “Los niños no tienen problemas para comprender a Dios, tienen mucho que enseñarnos: nos dicen que él realiza cosas grandes en quien no le ofrece resistencia, en quien es sencillo y sincero y sin dobleces. Nos lo muestra el Evangelio, donde se realizan grandes maravillas con pequeñas cosas: con unos pocos panes y dos peces, con un grano de mostaza, con una grano de trigo que cae en tierra y muere, con un solo vaso de agua ofrecido, con dos pequeñas monedas de la viuda pobre, con la humildad de María, la esclava del Señor.”

La obra de la salvación no se llevará a cabo por los grandes, sino por los pequeños y sencillos. Es que Dios mismo se hizo pequeño para salvarnos a anunciarnos la Buena Noticia. Lo importante no es nuestra grandeza, sino nuestra disponibilidad. ¿Qué importantes podían ser Simón y Andrés, como pescadores? Sin embargo, son los primeros llamados. Todavía sigo admirado porqué me llamó a mí cuando no tenía donde caerme muerto y aquí estoy este montón de años que llevo a su servicio.

Dios no mira tu billetera para llamarte, mira a la verdad de tu corazón. Dios no mira a tus diplomas para llamarte, mira a la disponibilidad de tu corazón.

Por algo la misma María nos dijo: “Dios miró la humillación de esclava.” Y la miró para ser la madre de su hijo. Ser poca cosa no es un estorbo para Dios. El único estorbo es tu disponibilidad.
 
     
         
     

ESCUCHAR AL PAPA FRANCISCO

“La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre. Uno de los signos concretos de esa apertura es tener templos con las puertas abiertas en todas partes. De ese modo, si alguien quiere seguir una moción del Espíritu y se acerca buscando a Dios, no se encontrará con la frialdad de unas puertas cerradas. Pero hay otras puertas que tampoco se deben cerrar. Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad, y tampoco las puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera. Esto vale sobre todo cuando se trata de ese sacramento que es «la puerta», el Bautismo. La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles.[51] Estas convicciones también tienen consecuencias pastorales que estamos llamados a considerar con prudencia y audacia. A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas.” (EG 47)

El Papa quiere una Iglesia de puertas abiertas. Tanto las Iglesias templos como, sobre todo, la Iglesia institución, que todos puedan entrar libremente. Con frecuencia las Iglesias templos tienen las puertas cerradas, pero también la Iglesia institución tiene demasiadas puertas atrancadas. Lo que el Papa defiende es que “todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad” y “tampoco las puertas de los sacramentos debieran cerrarse por una razón cualquiera”. Se refiere tanto al Bautismo como a la Eucaristía.

Su razón es que los sacramentos “no son premio para los perfectos sino  un generoso remedio y alimento para los débiles”. Esto plantea problemas pastorales, que debemos considerar con prudencia, sí, pero también “con audacia”. La Iglesia “no es una aduana” donde alguien dice “esto pasa y esto no pasa”. La Iglesia es “casa paterna”, casa de todos. Claro que esto puede escandalizar a los intransigentes, pero no al corazón de Dios que está abierto a todos. Esta es la pastoral del Papa, con todas las resistencias que encuentra. Vivamos abiertos como abierto está el corazón de Dios. Esta es la fidelidad a su amor.
 
     
         
     

LA ALEGRÍA DE SEGUIRTE

Jesús es peligroso cuando pasa junto a uno.
Porque cuando pasa mira, ve y llama.
Eso les pasó a los primeros discípulo Simón y Andrés.
“Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.”
Y ahí los tienes, dejan sus barcas, dejan sus redes y se van con Él.
Es que cuando Dios llama nos da la gracia de poder responder.
Claro que respetando siempre nuestra libertad humana.
Porque Dios es siempre elegante, fino y delicado cuando te llama.
¿Cuántas veces ha pasado a nuestro lado y nos ha mirado y llamado?
¿Cuántas nos hemos hecho el sueco de no escucharle?

Me gusta el himno del Breviario cuando rezamos la alegría de seguirle:
Buenos días, Señor, a ti el primero
encuentra la mirada
del corazón, apenas nace el día;
Tú eres la luz y el sol de mi jornada.

Buenos días, Señor, contigo quiero
andar por la vereda;
Tú, mi camino, mi verdad, mi vida;
Tú la esperanza firme que me queda.

Buenos días, Señor, a ti te busco,
levanto a ti las manos
y el corazón, al despertar la aurora:
quiero encontrarte siempre en mis hermanos.

Buenos días, Señor resucitado,
que traes la alegría
al corazón que va por tus caminos,
¡vencedor de tu muerte y de la mía!”
(Himno del Breviario)

 
     
         
     

HUELGA CONTRA EL ESTÓMAGO

Nos preocupamos demasiado de lo que hacen los demás. Lo peor es que pensamos que los demás no hacen nada. Cuentan que un día las manos y la boca comenzaron a hablar mal del estómago. “Este tipo, se decían, es un aprovechado. No hace nada y nosotros lo tenemos que hacer todo por él. Solo recibe, mientras nosotros tenemos que trabajar para él. En adelante no le daremos nada, nos declaramos en huelga. Pasaron los días y el estómago seguía vacío, con hambre. Pero las manos y la boca también iban desfalleciendo de anemia con él.”

Fácilmente reconocemos lo mucho que nosotros hacemos. Yo me rompo el alma trabajando en la oficina; en cambio, mi esposa se lo pasa en grande en casa. Lo que gano se lo tengo que dar a ella. ¿Y ella qué hace?

¿Hacemos una experiencia? Por una semana tú sigue trabajando, pero a tu regreso que no encuentres  a nadie en tu casas, que nadie haya limpiado los platos, las tazas, el cuarto de baño. Es decir, trabaja para ti y para nadie más. Es posible que antes del fin de semana estés harto. Por eso, lo mejor es reconocer que también los demás son importantes, cada uno en su sitio. En la Iglesia no todos podemos hacerlo todo, pero cada uno puede hacer algo.

Unos consejos:
No te lamentes de lo que no hacen otros.
Pregúntate qué haces tú.
Valora lo que otros hacen y haz mejor lo que tú tienes que hacer.
Lo que tú hagas les sirve a los demás, también te sirve a ti.
Todos nos necesitamos.
Cuando sabemos mirar, nos damos cuenta de que todos hacen muchas cosas. Lo que pasa es que nosotros no queremos verlas ni valorarlas.

 
 

   

 

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