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DOMINGO 33 - A / 19 de noviembre del 2017

 
   

APRENDER A MORIR

 
   

 

 

 
     
     
   

¿Negociarlos? ¿Ponerlos en acción? ¿Enterarlos en la tierra para que no se pierdan? Dios no nos regala nuestros dones para exhibirlos como un trofeo, pero tampoco para que los archivemos y los mantengamos como una reserva para tiempos mejores. Tampoco sirve aquello de que “yo no valgo”, “yo no sirvo”, “yo no puedo”. Todas esas son disculpas baratas para justificar nuestra inoperancia.

Lo dones que hemos recibido no son nuestros, son dones recibidos, se nos han dado para que los administremos. La gracia de Dios no se nos da simplemente para “que vivamos en gracia”, sino para que la activemos y la hagamos fructificar.

La vocación del cristiano no es conservar. La vocación del cristiano es dar frutos, es florecer, es manifestar y revelar los dones de Dios. Por eso, el primer paso es reconocer los dones que Dios nos ha regalado porque quien no los reconoce tampoco es capaz de dar gracias por ellos. Finalmente,l segundo paso, es hacerlos florecer. “Que los demás vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre celestial.”

Los dones de Dios son para ponerlos en circulación, no para enterrarlos. Dios no quiere que se los devolvamos tal y como él nos los ha dado, sino convertidos en nueva cosecha. El agricultor siembra sus granos de trigo no para recoger luego otro grano, sino para que cada grano le regale una espiga.

Esto nos obliga a preguntarnos no si tenemos fe, sino qué hacemos con la nuestra. ¿La compartimos con los demás?
No es cuestión de preguntarnos si tenemos esperanza, sino cómo compartimos nuestra esperanza para que también los demás sigan esperando.
No es cuestión de preguntarnos si tenemos amor en nuestros corazones, sino a cuántos amamos y cuántos se sienten amados.
No es cuestión de preguntarnos si somos Iglesia sino qué hacemos nosotros con la Iglesia. Si le damos vida a la Iglesia, creamos más Iglesia, hacemos más bella la Iglesia.
No es cuestión de preguntarnos si creemos en Dios, sino qué significa Dios en nuestras vidas y que hacemos con Dios en nuestros corazones.

De los tres de la parábola, dos negociaron sus talentos y uno se los guardó por miedo a perderlo. Dios no quiere cobardes que viven del miedo sino que viven arriesgándose cada día por Él. Dios no quiere cajas fuertes donde guardamos sus dones, sino cristianos que se arriesgan por Él. Dios no necesita de cobardes, Dios no necesita de cristianos embalsamados, sino de cristianos que viven, que se arriesgan y hacen fructificar los dones del Señor. Cristianos que saben dar cara por Él. Cristianos que saben compartir con los demás los dones que han recibido.
 
         
     

ARQUEÓLOGOS Y GEÓLOGOS DEL ESPÍRITU

Están de moda las excavaciones. Todos a la búsqueda de tesoros o de restos antiguos fosilizados. Es maravilloso ver los descubrimientos que hoy en día están haciendo los arqueólogos los cuales nos están revelando nuestro pasado que conocíamos a medias, pero que ahora pareciera que se hace más clara.

La realidad de estas excavaciones me obliga a cuestionarme algo de la historia de la Iglesia y de la historia de cada uno. ¿Cuántos tesoros ocultos que nosotros hemos enterrado por miedo al fracaso o simplemente por miedo al riesgo?

Porque si lo pensamos bien ¡cuantos tesoros de gracia, regalo de Dios, digamos hoy “talentos”, hemos sepultado cada uno de nosotros! ¡Cuánta gracia de Dios sepultada en la tierra de nuestras vidas que no ha fructificado porque la hemos enterrado! ¡Cuántos talentos inutilizados sencillamente porque no los hemos puesto en circulación!

Por miedo, unas veces. Por no descubrirlos, otras. Por infidelidad, no pocas. Son impresionantes las excavaciones que se llevaron a cabo en la Basílica Vaticana hasta dar con la tumba de San Pedro. Allí estaba, teníamos idea de que posiblemente allí estuviese, pero las excavaciones la sacaron a la vida.

Qué pasaría si esas mismas excavaciones se hicieran en cada una de nuestras vidas, en búsqueda de los talentos que Dios ha sembrado en nuestras vidas y que sabemos que nosotros mismos hemos sepultado, pero que ahora no sabemos dónde están.

Necesitamos arqueólogos y geólogos del espíritu que nos ayuden a redescubrir todos esos tesoros de gracia, pues también ellos aclararían la verdadera historia de Dios en nuestras vidas. Pondrían de manifiesto cuántos talentos no negociados, cuantos talentos inutilizados, cuanta historia de gracia perdida en los escombros de nuestras vidas.
 
     
         
     

SALVADOS EN COMUNIDAD

El Documento Aparecida nos dice: “La vida en comunidad es esencial a la vocación cristiana. El discipulado y la misión siempre suponen la pertenencia a una comunidad. Dios no quiso salvarnos aisladamente, sino formando un Pueblo. Este es un aspecto que distingue la vivencia de la vocación cristiana de un simple sentimiento religioso individual. Por eso  la experiencia de la fe siempre se vive en una Iglesia Particular.”

Tanto hablarnos de “mi salvación” hemos terminado todos por un “sálvese el que pueda”. Cada uno ha pensado solo en sí mismo. Nunca podré olvidar una frase que escuché, nada menos que en Roma, durante mis años de Universidad que en una homilía decía: “Qué alegría ver que los otros se condenan y que nosotros nos salvamos y vamos derechitos al cielo.” Cuando varios amigos se están ahogando y uno de ellos logra salvarse, siente alegría de haber librado de la muerte, pero le queda la angustia de saber que el amigo ha muerto.

Desde el principio de la revelación Dios comenzó por “hacerse un pueblo”. Los sacó de la esclavitud y los fue creando a lo largo del desierto como un pueblo. Luego Jesús fundó la Iglesia como comunidad de hermanos. A instituyó la Eucaristía como sacramento de la comunión de todos los hermanos.

La comunidad es tan esencial para la vivencia de la fe, como la familia para el crecimiento del hijo.

La fe se nos da personalmente, pero no para vivirla individualmente, sino para vivirla en comunión. Este es el verdadero sentido de nuestro encuentro dominical en la celebración de la Misa, como sacramento de comunión. Cuando mejores seamos personalmente más enriqueceremos a la comunidad, pero cuanto más nos aislemos de la comunidad, más se irá empobreciendo la fe, pues iremos cayendo en el individualismo egoísta. Yo quiero salvarme, pero no quiero salvarme solo sino con todos. Cuando llegue a Dios qué le responderé cuando me pregunte: ¿Dónde están los demás?

Vivir en comunidad es compartir nuestra fe con los demás. Es la comunidad la que me permite ejercer la mejor de todas las virtudes, la caridad. ¿Me puedo salvar sin caridad? ¿A quién amo si me aíslo de los demás?
 
     
         
     

EL ASCENSOR

A veces pienso si el “ascensor” no será uno de los símbolos que mejor nos define a los hombres de hoy.
El ascensor es un gran vacío en el que entramos un montón de gente, cada uno rumiando nuestro vacío.
El ascensor es un gran vacío que sube y baja al día demasiados corazones vacíos.
El ascensor, una caja grande, basta apretar un botón para que nos lleve a todos, porque ya estamos cansados de caminar y subir escaleras.
El ascensor, la caja de infinidad de silencios.

Cuántas veces me ha tocado subir en el ascensor lleno y no escuchar ni una sola palabra. A los más: “Buenos días, hasta luego.”
El ascensor, la caja portadora de infinidad de desconocidos.
Subimos sin conocer a nadie y bajamos sin conocer a nadie.

La culpa no es del ascensor.
El ascensor hace un gran servicio. La culpa la tenemos quienes subimos y bajamos por el ascensor.
No tenemos interés en conocer al que sube y baja a mi lado, no tenemos interés en hablar con nadie, todos nos sumimos en nuestro propio silencio.
¿Será que vamos ensimismados en nuestra meditación?
¿Será que los demás no nos interesan?
¿Será que no quiero saber nada de los demás?

Hace unas semanas fui a confesar y llevar la comunión a un anciano que vivía en el noveno piso.
Cuando llegué ya había como cuatro o cinco personas esperando el ascensor.
“Buenas tardes...” Con las justas y en voz muy baja, sentí que me respondían, nos metimos todos en esa caja maravillosa, todos en silencio. Mientras tanto, observo que un joven llevaba puestos los auriculares porque iba escuchando música de un CD de estos portátiles. Subió al mismo piso noveno que yo. Para entonces todos se iban quedando en su respectivos departamentos. Me sentí un extraño para él. Salimos juntos, y cuando le dije: “Hasta luego”, como no me escuchó, tampoco me respondió. Él a su departamento y yo a buscar el del anciano que me esperaba.

Un mundo de gente que camina junta, pero en solitario. Un mundo de gente, cada uno con su mundo, sin preocuparse del mundo de los otros. Un mundo de gente, cada uno distrayendo su propio vacío, unos con escuchando música y otros con la mirada perdida en espacio.

A veces me pregunto:
¿Será el silencio para el encuentro de uno consigo mismo?
¿Será el silencio que nos protege de los demás?
¿Será el silencio que quiere escuchar a los demás?
¿Será el silencio que quiere escuchar a Dios?
¿Será el silencio que quiere escuchar el grito de los hombres?

 
     
         
     

LA CASA DE DIOS ES EL FUTURO

Dios vive en el futuro. Dios vive de cara al futuro. Dios vive creando futuros. Por eso la casa de Dios es el futuro. El hombre también futuro. Cuando el hombre se convierte en pasado, pierde las ganas de vivir. Vivir, ¿para qué? Por eso también nuestra casa es el futuro. Incluso quienes se instalan en el pasado y no quieren cambiar de casa, tendrán que vivir en la casa del futuro, por más que se imaginen vivir en el pasado.

Vivir del futuro no es romper con el pasado. Dios es como un río. El río es siempre el mismo, pero el agua que corre ya no regresa atrás. Nunca vemos la misma agua, el agua del río es siempre nueva. En el río no hay rupturas, hay continuidad, pero la continuidad significa que el agua que pasó no se desprende del agua nueva que sigue llegando.

La historia de Dios también es así, es novedad. Hasta dicen los teólogos que en el cielo Dios siempre será algo nuevo, que siempre estaremos viendo algo nuevo de Dios.

Dedicarnos simplemente a conservar es vivir paralizado. Conservar es renunciar a soñar, a ilusionarse e incluso a perder la esperanza. La esperanza no es para el pasado. Nadie espera lo que ya no es o que dejó de ser o ya pasó. La esperanza es siempre mirar hacia adelante.

Las instituciones que no cambian evolucionando, caminando hacia el futuro, terminan por agotarse y sentirse fuera de la corriente de la historia. Es el problema de los partidos políticos, por poner un ejemplo. Nacieron como respuesta a una realidad, crearon una filosofía para responder a esa realidad, pero la realidad ha cambiado y ellos siguen con las mismas categorías mentales. Están ya fuera de lugar, la gente ya no los siente como respuesta a sus problemas.

¿No nos estará sucediendo algo parecido a los cristianos? Felizmente, el Espíritu Santo en cada época va despertando nuevos movimientos de espiritualidad. Movimientos con otro estilo de vida que la gente que se queda, no logra entender. Pero ellos siguen con la fuerza del Espíritu. Bastaría estudiar la historia de las distintas Ordenes y Congregaciones y Movimientos de Vida consagrada. El problema está en que Movimientos que en su momento fueron pioneros, luego terminan estancándose en su fidelidad al pasado y envejecen pronto.
 
     
         
     

COSAS DE CONTABILIDAD

¿Cuanto talentos me has dado Señor?
Llevo al día la cuenta corriente del Banco.
Llevo al día mis ingresos y salidas.
Llevo al día mis ganancias.
Llevo al día el cambio de la Bolsa.

¿Y llevo al día los dones de Dios?
¿Y llevo al día cómo los he invertido?
¿Y llevo al día cómo están mis cuentas con Dios?
¿Y llevo al día mis inversiones espirituales?
¿Y llevo al día cuántas veces Dios me habló?
¿Y llevo al día cuántas veces  le escuché?
¿Y llevo al día lo bueno que hago?

¿Y llevo al día a cuántos he hecho felices?
¿Y llevo al día a cuántos he herido con mis palabras?
¿Y llevo al día a cuántos ayudé?
¿Y llevo al día a cuántos he dejado de ayudar?
¿Y llevo al día a cuántos escuché?
¿Y llevo al día a cuántos dejé de escuchar?
¿Y llevo al día a cuántos consolé?

¿Y llevo al día cuántas lágrimas dejé de secar?
¿Y llevo al día a cuántos ayudé a ser mejores?

 
 

   

 

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