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NACIMIENTO DE SAN JUAN BAUTISTA / 24 de junio del 2018

 
   

LOS VIEJOS SE HICIERON FAMOSOS

 
   

 

 

 
     
     
   

La Encarnación de Jesús ha puesto vigente la virginidad y ha dado importancia a los viejos. Porque, a decir verdad, el nacimiento de Jesús está rodeado de viejos: viejo, dicen que era San José; viejo era Zacarías; vieja era Isabel; viejo era Simeón; vieja era Ana. Ya está bien. Un recién concebido y recién nacido hace famosos a los ancianos o viejos.

El nacimiento de Juan el Bautista no es fruto de unos jóvenes recién casados, sino de unos ancianos que, biológica y humanamente, habían cerrado ya la fábrica. Por eso, yo no me escandalizo de las dudas de Zacarías porque que a esas alturas del partido le vengan con el cuento de que va a ser padre y que Isabel, su mujer, va a concebir un hijo, casi parece una tomadura de pelo.

Pero el misterio de la fe es así. Creer en los imposibles humanos cuando Dios se mete de por medio. Lo que humanamente pareciera un imposible, para Dios termina siendo un posible.

Por eso, el nacimiento de Juan el Bautista, cuya fiesta celebramos hoy, comienza por unas dudas o incredulidades. Deja mudo, durante nueve meses, al hombre del Templo, pero ayuda a creer en la Encarnación de Jesús. Porque anunciarle a José que, el embarazo de María es “obra del Espíritu Santo”, también se mueve en los planos de la fe. Y en el mismo plano de la fe se mueve también María que tampoco entiende nada de nada y sólo se fía de la palabra que le anuncia un hijo siendo virgen. Ante el misterio solo le queda la respuesta de la fe, “hágase en mí según tu palabra”.

Me encantan estos relatos porque hablan de las posibilidades de Dios y de los caminos de Dios. Lo que nosotros vemos imposible, Dios lo ve posible. El camino que nosotros queremos andar, con frecuencia, no es el camino de Dios.

A la vez me admira las vueltas que Dios debió de dar para entrar en nuestro mundo y en nuestra humanidad. Como también me admira el que una mujer sencilla del pueblo diga que sí, de modo incondicional, a la Palabra de Dios, mientras que el hombre del Templo, el que toda su vida ha vivido en el servicio del Templo, sea precisamente el que pone en dudas la palabra de Dios.

María guardó silencio sumida en la contemplación del misterio que no lograba entender. Zacarías quedó en silencio, pero el silencio del mudo, como expresión de su incredulidad.
 
         
     

LA FIESTA DE LOS IMPOSIBLES

La fiesta del nacimiento de Juan el Bautista pudiera llamarse la fiesta de los imposibles humanos y los posibles divinos:
Que una “virgen” sea “madre” es un imposible humano.
Pero un posible divino.
Que una “anciana” sea “madre” es un imposible humano.
Pero un posible divino.

Que un “adicto” salga de la droga, a muchos puede parecerles imposible.
Pero es una posibilidad de la gracia.
Que un “adicto” al alcohol abandone la botella, a muchos puede parecerles un imposible.
Pero es una posibilidad de la gracia.
Que un “pecador” llegue a ser “santo”, para muchos un imposible. Para la gracia de Dios es una posibilidad.

Que “yo pueda cambiar”, puede parecerme imposible.
Pero también yo soy una posibilidad de la gracia.
Que “mi matrimonio pueda reconstruirse”,puede parecerte imposible.
Pero también la gracia lo hace posible.
Que “mi esposo/a” cambie, puedes verlo como un imposible.
Pero la gracia lo hace posible.

Las imposibilidades humanas pueden convertirse en posibilidades divinas.
Todo depende de si soy capaz de decir sí a Dios en mi corazón.
Todo depende de si en vez de mirar mis imposibilidades, me fijo más en las posibilidades de la gracia.

 
     
         
     

DIOS NECESITA CAMINOS

Todos necesitamos caminos para andar. Dios también necesita caminos para llegar hasta el hombre. Pero alguien tiene que abrir esos caminos. Todos, de alguna manera, somos constructores de caminos.

Cuando nació Juan el Bautista, todo el mundo se preguntaba “¿Qué será de este niño?”
Pues será un prepara caminos.
Esa fue su misión.
No era él el camino. Ni era la luz. No era nada.
Sólo un encargado de preparar caminos a Dios.

Es posible que muchos de nosotros no seamos precisamente “ingenieros de caminos”. Sin embargo, para Dios todos somos “ingenieros de caminos para que Él llegue al encuentro con los hombres”.

Los padres son “ingenieros de los caminos de la fe para sus hijos”.
Los catequistas son “ingenieros de los caminos de la fe para los jóvenes”.
Los misioneros son “ingenieros de los caminos de la fe para los que no creen”.
Los sacerdotes son “ingenieros de los caminos de la fe para sus fieles”.
Ingenieros de caminos, sin título universitario, pero sí con el título bautismal y de la Confirmación.

Allanar las dificultades.
Abrir nuevas trochas.
Quitar los obstáculos que impiden abrirse a la fe.
Aclarar las mentes para que no se cierren a la verdad de Dios.

Juan nace con una misión: “No pertenecerse, sino pertenecer a los demás.” No levantará grandes templos, sólo hará una cosa: hacer posible el encuentro de Dios con los hombres.
 
     
         
     

CUANDO LA IGLESIA CORRE PELIGRO

La Iglesia ha sido comparada desde antiguo con una barquichuela en el mar. Símbolo de que la Iglesia no es para quedarse atada al puerto, sino que es algo que tiene que navegar. Una Iglesia en el dique seco del puerto no corre peligro alguno, hasta se diría que está en reparación.

Una Iglesia navegando por el mar es una Iglesia que avanza y que si dirige a otros puertos, pero también es signo del peligro. El mar no siempre está tranquilo. Con frecuencia, se embravece y es entonces que la Iglesia está a merced de las olas. Esta es la Iglesia que a mí me gusta. No me gusta esa Iglesia de “sillón” o esa Iglesia “amarrada al puerto”. Cierto que ahí no corre peligro, pero es una Iglesia inútil.

La Iglesia que navega corre riesgos. Claro que sí. Pero vale la pena correr riesgos cuando se sabe a donde se va y se tiene un rumbo y una meta a donde llegar. Es entonces el momento en que cuantos navegamos en ella podemos sentir el miedo de hundirnos. Es el momento en el que sentimos que corremos el peligro.

Hasta hace unos años, la Iglesia navegaba en un mar de tranquilidad. Desde hace unos años el mar se ha movido y es grande el oleaje que la amenaza. Antes los riesgos venían de afuera. Hoy, también el olaje está dentro de ella misma.

El relato de Marcos tiene cosas extrañas. ¿Alguien puede creer que aquellas barquitas del lago tenían almohadones para echarse a descansar y dormir? Se trata de un simbolismo. Se trata de esos momentos en los que uno siente la impresión de que la Iglesia corre peligro. Ha perdido su imagen social. Ha perdido su fuerza social. Ha perdido su prestigio social. Entonces uno siente como si Jesús se hubiese ido de vacaciones o que si está en la Iglesia está dormido.

Lo que sucede en realidad es que somos nosotros mismos los que tenemos poca fe. Somos nosotros los que dudamos. Más que Jesús dormido, somos nosotros que tenemos dormida nuestra fe. Cristianos que teníamos fe en la Iglesia, más por sus seguridades humanas, que por nuestra verdadera fe. La verdadera fe en la Iglesia no está precisamente en las seguridades sociales, ni en el apoyo que puedan prestarle los poderes sociales, ni por el prestigio social, sino porque creemos que es Jesús mismo el que, aunque pensemos que está dormido, la sostiene. El gran peligro de la Iglesia no es el oleaje externo, sino la pobreza de la fe de los creyentes.
 
     
         
     

DERECHOS DE LOS ANCIANOS

Todo anciano tiene derecho a envejecer con dignidad y, por tanto, a ser viejo, con todas las consecuencias.
Todo anciano tiene derecho a un hogar, una familia en la que pueda sentir el calor humano de los suyos.
Todo anciano tiene derecho a una vida digna sin las angustias económicas de cada día.
Todo anciano tiene derecho a ser escuchado por los suyos y por la sociedad.
Todo anciano tiene derecho a los cuidados de la salud tanto por parte de los suyos como por parte de la sociedad.

Todo anciano tiene derecho a la atención espiritual propia de su edad.
Todo anciano tiene derecho a ser aceptado como él es, incluso con sus caprichos típicos de sus años.
Todo anciano tiene derecho a que le dediquemos el tiempo necesario para hacerle más humana su existencia.
Todo anciano tiene derecho a quejarse de sus malestares y de sus sufrimientos.
Todo anciano tiene derecho a cierto esparcimiento que le ayude a evaporar sus propias tensiones.

Todo anciano tiene derecho a morir con dignidad: sin que nosotros le prolonguemos artificialmente la vida, y sin que se la acortemos por falsa misericordia. Es decir, tiene derecho a morir cuando le llegue el momento porque ese es su momento.
 
 

   

 

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